domingo, 12 de octubre de 2025

Las hijas de Jezabel: Capítulo 8 -Jenny (+18)

 

            1

 

Para ser septiembre el clima parecía haber firmado un pacto con los viandantes, una tregua por unas horas. La temperatura rondaría los 24, 25° terminando el mediodía, y daba gusto regresar a casa sin necesidad de llevar chaqueta. El solecito, algo nublado pero todavía con fuerza, soltaba rayos deslumbrantes por según qué zona, como el reflejo dañino que, el gracioso o la graciosa de turno, provoca en tus ojos a través de un objeto intermediario que recibe y da luz en acción rebote. Con los años tuve que castigar a Sherezade varias veces por deslumbrar a sus hermanas mientras jugaban o estudiaban. Aprovechaba cualquier reflejo de luz, bien fuera solar o artificial, para cegarlas moviendo un bolígrafo de cuerpo hexagonal, un CD o su propio reloj de muñeca, sobre todo este último, ya que lo movía con mayor libertad y rapidez, como si fuera un puntero láser pero del tamaño de una moneda. De regreso a casa, mi medalla de La Virgen María hacía lo mismo en los ojitos de Lilian.

—¡Jo, mamita! —rezongó. Me percaté de ello cuando la vi apartar la cara frunciendo el ceño.

—Perdona, mi amor —me disculpé—. Mamá no lo hizo adrede.

—Teno hambre —dijo la pequeña V3. La llevaba cogida de la mano pero prácticamente se agarraba a mi bolso.

—Ya llegamos, cariño. Solo tenemos que girar la esquina y estaremos en casita —afirmé.

—¿Qué hay de comida, mami? —me preguntó Sherezade.

—Puré de verduras —respondí.

—¡¡Puaaag!! —protestó Lilian con cara de estreñida—. ¡Yo no quiero eso!

—Tendrás que comerlo aunque no lo quieras, cielo —advertí.

—¡Jope, mamita! ¡No me gusta! —Hizo puchero.

—¡A mí encanta! —gritó Luna con los brazos en alto.

—A mí me encanta, a mí me encanta... —Se burló Lily gesticulando.

—Oye, Lilian. —Me detuve. Llevaba a Nala en brazos, la misma que jugaba con su chupete de  Pikachu—. ¿Qué os dice mamá? Que no hay que reírse de nadie, y menos de tu hermana mayor. —No me miraba. El color de su tez blanquecina era tan rojo como su cabello—. Mamá ha dicho que tenemos puré de verduras para comer, y eso quiere decir que, todas —Las señalé—, menos Nala, que tiene potito, y Alex por ser chiquitina, tomaremos puré.

—¡Pero no me gusta, mamá! —siguió Lily.

—Lo sé, cariño, pero tienes que tomarlo —insistí—. No te preocupes, lo haré rico. Te gustará. —No parecía muy convencida, pero no volvió a protestar—. Es más, tú misma me ayudarás a batirlo, ¿vale?

Asintió con la cabeza.

—¿Puedo poner a conocer las verduritas, mami? —me preguntó Luna.

—Claro que sí, mi amor —respondí.

—Yo también quiero —dijo Iris.

—Ahora os reparto tarea, tesoro.

Dejé que Lilian abriera la puerta. Luna me ayudó con el cochecito de Alex y las ocho entramos en casa.

 

2

 

Hacía cuatro meses que teníamos a Alex con nosotras, y aunque la casa era demasiado grande, había que hacer hueco. Necesitaba reubicar a mis hijas en habitaciones por separado. Luna, la que ya peleaba por un dormitorio en solitario, al final lo consiguió. A sus seis años estaba preparada para dormir sola, así que uno de los tres cuartos de juegos pasó a ser su zona de confort. Mandé que lo pintaran de rosa, tal y como ella lo quería; le colocaron varias estanterías: en una, su colección de Barbies estuvo expuesta durante años. En otra, como buena niña, pulcra y responsable, ordenó sus libros. A los seis años llevaba dos y medio devorando cuentos y literatura infanto-juvenil. Me pedía libros de Edelvives y de El barco de vapor. Ese curso 2001-02 quiso hacerse socia de la biblioteca, a lo que accedí gustosamente. Durante algunos años pasó más tardes en ella que en casa.

La tercera estantería era más íntima y personal. Los cajones guardaban sus notitas secretas de la infancia, algún que otro diario sin terminar, y casetes, CD y juegos de la PlayStation guardados con llave para que no se los cogieran sus hermanas. En casa no se jugaba a la consola si yo no estaba, con lo cual, Luna lo hacía como protección, no para jugar a escondidas. Lilian insistía en querer una habitación para ella sola, una como su hermana mayor, pero aún le quedaba un año.

Mis hijas se independizaban a partir de los seis añitos...

Por aquel entonces aún tenían dos habitaciones para jugar entre ellas, dos habitáculos bastante amplios y llenos de juguetes, juegos de mesa, puzles, televisión con cintas VHS para pasar horas viendo dibujos y, por supuesto, también libros y cuentos, tanto para leer como para colorear.

El día del puré de verduras, reuniéndolas a todas para organizar la tarea, encontré a Iris en un tercer cuarto que aún no he descrito y que me pertenecía y sigue perteneciéndome a mí. En él están mis cosas (las de una friki sin remedio). También tenía mi colección de Barbies (que aún conservo), como Luna y muchas hijas más; tomos Manga, figuras de Dragon Ball, Pokémon, Saint Seiya y, posteriormente, de muchos más animes (pero con los años). La pared derecha estaba llena de libros de rol de toda clase: manual del jugador, bestiarios, apuntes para campañas creadas por mí, tomos compilados de Magic con un sin fin de mazos, juegos de mesa, de estrategia y del propio rol, videojuegos, tanto de consola como de Pc, y personajes y miniaturas de Warhammer. Un Elfo Oscuro peleaba contra un Enano de los bosques en manos de mi tercera hija.

—Cariño, ¿qué haces aquí? —pregunté mientras me dirigía hacia ella. Las miniaturas de plomo corrían peligro de muerte. A decir verdad, eran dos piezas pintadas entre mis antiguos amigos y yo cuando teníamos diez años, y su único valor era sentimental.

—Este cuál es, ¿mamá? —me preguntó enseñándome un orco —. No me has leído cuentos de este señor tan feo.

—Es una señora, mi amor —corregí—. Se llama Ghorza, una mujer orco muy muy poderosa, y tú una renacuaja que aún no puede jugar con estas cosas.

—¡Jo-oo! ¿Por qué no? —Parecía estar a punto de echarse a llorar.

—Porque eres peque y no quiero que veas las imágenes que aparecen en estos libros —le dije en un tono algo más seria.

—Pero me gustan mucho, mami.

—Lo sé —añadí—. Los cuentos que mamá te lee son inventados por mí sobre estos personajes, pero por más que te gusten, no lo puedes ver ahora, cariño. Eres pequeña. De mayor lo entenderás.

—No es justo —Cerró el libro, muy enfadada; acto seguido se incorporó con intención de marcharse.

—Señorita... —La frené—. Deja que mamá relea estos libros. Buscaré imágenes e historias que puedas ver, ¿vale? Además, recuerdo tener algún juego de rol con el que podremos jugar las dos.

—¡Sí, mami! ¡Gracias! —Me abrazó muy ilusionada.

—Anda, mi amor. Ve a la cocina con las tatas. Vamos a preparar la comida. Bajo enseguida.

Lo hizo.

Me quedé un rato a solas porque no me encontraba bien. Necesitaba fumar un cigarrillo a escondidas y tomarme un Diazepam (o un par de ellos). La ansiedad me podía, y era incapaz de controlarla por mí misma. En ese momento no me daba cuenta de lo que acabo de decirte, solo que volvía a tomar como unas cuatro benzodiacepinas al día creyendo tener un control erróneo. Eran mi apoyo. Tenía un montón de hijas pero estaba sola (sola). Sin padres, sin familia, sin amigos, sin pareja estable...

La medicación era mi única compañía.

Abrí la ventana, encendí un cigarrillo y saboreé el placer de fumar a escondidas mientras me tomaba dos pastillas que, según yo, me curarían de todo mal.

Empezaban a crear una nueva adición en mí (otra más).

Joder, Jezabel. Con lo que te costó dejar los porros y el alcohol...

Dependía de los fármacos para ser persona, y en esos instantes ni lo entendía ni me paraba a pensarlo. Había sido consciente años atrás, pero volvía a estar perdida. Creía que era lo mejor para mí y para mis hijas. Ellas me verían tranquila y relajada y yo sería buena madre.

Eres una mala madre, Jezabel. Buena con los tíos, pero pésima con tus hijas.
Vocación: Chupapollas.

 

3

 

Algo más calmada, con esa voz pesarosa y somnolienta que te dejan los tranquilizantes, entré al dormitorio para echar un ojo tanto a  Alex como a Nala. La recién nacida dormía tranquilamente, pero en menos de una hora le tocaba el pecho, así que en cuestión de minutos empezaría a llorar. Nala jugaba en su cuna con un sonajero que heredó de Lilian, y un biberón de silicona cuya tetilla mordía como a la de su chupete.

—¿Qué pasa, chiquitina? —le pregunté al mismo tiempo que la cogía en brazos. Quiso meterme el biberón en la boca, lo que me hizo gracia y empecé a reír—. No, mi amor. Esto no es para mamá, es para ti.

»Dejemos aquí a la pequeña Alex. Tú y yo nos bajamos con las tatas a preparar la comida, ¿vale? —Volvió a rozarme los labios con la tetilla del biberón. Como no abría la boca se cabreó y lo tiró al suelo—. ¡Hala! Arreglado, ¿eh? —Me agaché para recogerlo y lavarlo después—. Vamos, cariño.

Nada más salir de la habitación escuché voces en la de las niñas, ya sabes: la de Lilian e Iris.

—Y tienes que portarte bien. —Lo dijo Lilian.

Me asomé a la puerta y, desde el umbral, la vi desnuda de cintura para arriba y con su bebé de juguete en los brazos. Jugaba a darle el pecho.

—Cariño, ¿qué haces? —le pregunté sonriendo. Nala manoteaba en mis brazos.

—Hola, mamita —me respondió—.  Adelaida tampoco quiere puré de verduras. —La veía tan metida en su mundo que me daba pena interrumpirla.

—Claro, ella no quiere porque es bebé, y como mamá le das leche para alimentarla—respondí—, pero tú ya eres grande, cariño, y tienes que tomar puré.

—¿Cuándo se me pone la teta gorda? —Me moría de la risa. Tenía que morderme los labios para no reír a carcajadas. Me lo decía tan seria, tan metida en el rol de madre, que me era difícil contenerme. Se pellizcaba la areola intentando agarrar carne para poner el pezón en la boca de la muñeca.

—Dentro de unos años, cariño —respondí.

—¿Cuántos? —insistió—. Quiero tener las tetas igual de gordas que tú.

—¿Sí? —pregunté como sorprendida, siguiéndole el juego. Ella asintió con la cabeza—. Pues para tenerlas como yo tienes que tomar mucho puré de verduras, así te crecen pronto.

—Jope... —protestó.

—La que algo quiere algo le cuesta, cariño —insistí. Nala se ponía nerviosa al estar tanto tiempo paradas—; así que venga, vamos abajo con tus hermanas y preparamos el puré. Llévate a Adelaida, pero mejor dale el bibe. Tiene más proteínas, hazme caso.

—Voy a cogerlo, mamita —me dijo dirección al cajón donde tenía los objetos de su muñeca.

—Y vístete, cariño, que vas a coger frí...

—¡Mamá, mamá! —Di un respingo en el umbral de la puerta. Por poco me golpeo y caigo a Nala. El corazón se me salía por la boca. Era Luna, y gritaba desde abajo—. ¡Ven, mami, corre! —Me dirigí aprisa, bajando los escalones de tres en tres.

—¡¿Qué pasa?! —pregunté alarmada—.  ¡¿Qué ocurre?! —La vi sentada en el sofá viendo la televisión. A su lado estaban Iris, V3 y Sherezade. Alex dormía tranquilamente en mi dormitorio; Lilian bajaba conmigo y Nala manoteaba en mis brazos. Estaban todas bien y no veía signos de que hubiera ocurrido nada.

—¡Mira, mamá! —gritó Iris señalando el televisor. Sus hermanas hacían lo mismo, muy pendientes de la pantalla y con cara de circunstancia.

Me acerqué. Por una parte tranquila, pero por otra cabreada. Me habían dado un susto de muerte del que aún no me había recuperado. El corazón latía en mi garganta entre sofocos mezclados con sudor frío.

Dentro de la caja cuadrada, Matías Prats daba las noticias de las 15:00 con la misma cara de horror que tenían mis hijas. Era 11/09/01, una fecha imborrable para el mundo entero.

El día en que la locura del ser humano tuvo nombre propio.

 

4

 

Alex se agarraba a mi seno como si por sus venas corriera el ansia de ser guardameta con tan solo tres meses y medio de vida. Bien era cierto que tenía un balón entre sus manitas; de carne, pero redondo, duro y pesado (como lo quería Lilian para amamantar a su muñeca). Era la séptima hija a la que daba de mamar, y por aquel entonces, solo tenía veinte años recién cumplidos...

 

Esa noche, de casualidad o por "causalidad", un fogonazo se cruzó por mi mente, una chispa, abstracta pero que me hizo sentir, y cuya estela, después de recorrer mi cerebro de lado a lado, perduró diciendo: «Para, Jeza. Reinicia y piensa detenidamente». Alex seguía pegada a la teta que tomaba como balón de reglamento. Me dolían los senos y la espalda. No sé cuánto pesaría cada una de las mamas, pero se habían hinchado como globos de cumpleaños. Las venillas se repartían por ellas como trazos en un mapa de carretera, y las areolas dejaron de ser del tamaño de una moneda de 2€ para adquirir el de un tapón de leche de 2L, oscuras y agrietadas.

 

Entre muecas de dolor físico y cansancio psicológico, hice caso a mi mente y me detuve. Di a ese "pause" que todo el mundo guarda en la reserva para ocasiones especiales (nunca buenas), ese que se oculta como botón de alarma o «Salida De Emergencia Ante Situaciones Complicadas»; entonces, se hizo el silencio. Millones de años atrás, Dios dio una orden y se hizo la luz. Yo, posteriormente, hice lo propio para acallar mi situación personal. Sherezade dormía con una manita bajo una almohada con la Blancanieves de Disney sonriendo. En ese instante, debido al peso de mi hija, el estampado sacudió mi mente confusa y me pareció ver un dibujo monstruoso, deforme y escurridizo. La pareidolia aceleró mi corazón hasta el punto de creer que esa Blancanieves aplastada, donde uno de sus ojos sobresalía rozando su límite —como una pompa que crece y pide socorro a través de su tamaño antes de explotar—, quería hablarme y reprender mi mala conducta. Tragué por instinto, por miedo. Era saliva, pero parecía llevar una espina consigo, quizá (o tal vez), la misma que atravesaba mis sentidos.

Sacudí la cabeza bajando y levantando los párpados. El jadeo que tanto disfrutaba por mediación del sexo se antojaba como opresión aguda entre las dos mamas. Un nudo le cortaba el paso a mi respiración, y lo peor de todo, era que crecía.

Observé a V3 y a Nala, dos bebés durmiendo en sus cunitas decoradas. En la de esta última, a modo de tiovivo, colgaban siete prismas que, al accionar su mecanismo, giraban como lucecitas de colores diseñadas para peques. Eran pirámides, esferas, cubos etc... Yo veía la cara de mis hijas en cada uno de ellos. Todas me llamaban “mala madre". Todas, sin excepción, incluso las bebés que aún no emitían más que sonidos guturales, quejidos y lloros. Sus sonrisas tenían como dueño a ese vacío de sus dentaduras de leche. La negrura de sus huecos calaba en mi corazón como si siete picotazos pretendieran apartarme del mundo o hacerme ver que debía regresar a él. Dicho motor desbocado, aporreando la caja torácica como una persona con claustrofobia intentando salir de un ascensor a oscuras, repercutía por mi garganta y mis sienes, tanto que me ahogaba. El descompasado ritmo de mi respiración, hiperventilando en orden opuesto al correcto, hacía que poco a poco perdiera la poca consciencia que aún me quedaba.

 

Me levanté como pude y dejé a Alex en su cuna. Si me caía al suelo, que lo hiciera sola. El lado izquierdo de mi cuerpo desaparecía; no se borraba, pero dejaba de sentirlo. Mi cara era una gélida máscara de cartón piedra, encorchada y tan fría como el mármol. Me costaba dar un paso porque la pierna izquierda no se ponía de acuerdo con la orden cerebral. Mi mente la ocupaba ese "mala madre" dicho por mis siete hijas, y para ser tan incompetente en algo para lo que no se estudia (se vale o no), eran lo más importante para mí.

Ellas, no yo.

 

De pie, trastabillando, mi pecho subía y bajaba por medio de sacudidas espasmódicas. Una descarga eléctrica se repartía por todo mi cuerpo. Mis dientes castañeteaban incapaces de controlar la lengua. Esta, con tanto miedo como yo, se dijo:

«Apáñatelas sola, yo reculo“.

Y bajó por la garganta.

La puerta se abrió. Jamás en la vida había chirriado, pero aquella vez sí. La sombra de Luna, mi primogénita, se dibujaba en el umbral como un recorte de cartulina negra sin volumen, totalmente plana. Permanecía impávida mientras creía morir de asfixia. Mi vida tocaba fondo; mis rodillas lo hicieron cuando sentí que sonaban en el suelo como dos mazas plomizas. Intenté levantar los párpados lo máximo posible, con el brazo derecho estirado y la intención de pedir auxilio (solo la intención). Era incapaz de articular palabra, ni siquiera de mover algo dentro de mi boca que no fueran las piezas dentales chirriando una hilera contra la otra.

La silueta de Luna se acercó a mí, lenta y despaciosamente. Me moría delante de ella y no podía hacer nada para evitar que lo viera. El que se me acercara me ponía aún más nerviosa.

Alex empezó a llorar, pero no podía atenderla. En aquel instante ya no era nada, tan solo una joven de veinte años que moría en presencia de su hija de seis.

La silueta de Luna llegó hasta mí. Mi temblorosa mano quería acariciarla por última vez. Ya que no podía impedir que me viera morir, al menos abandonar el mundo con el recuerdo de los dedos rozando su carita. Su nariz, su boca, sus... ¿Sus ojos?

No tenía.

Veía a mi pequeña Luna ante mí, viva y tal cual como era, pero la negrura de su silueta inicial perduraba en dos concavidades vacías, igual de oscuras que una noche sin la dueña de su nombre. No había nada pero lo decían todo: “Vacío/Oscuridad/Terror".

Sus labios esbozaron una malévola sonrisa. El gesto sacudió la agudeza de mis oídos como si acabara de sentir subir o bajar la cremallera de una cazadora diente por diente, no la boca de una niña al sonreír.

—Eres una mala madre, mamaíta —espetó. En sus ojos viraban los rostros de mis siete hijas riendo a mandíbula batiente.

Perdí la consciencia y me desvanecí.

 

5

 

El manguito de un antiguo esfigmomanómetro (de los de toda la vida) hizo que abriera los ojos con el mismo aturdimiento que si hubiera despertado después de estar sedada. Una mano cubierta por látex blanco pulsaba la bola que lo infla como si mi brazo fuera un neumático, no un miembro de carne y hueso. A todo el mundo nos han tomado la tensión alguna vez, así que sabes lo que sentí. Mis ojos se abrieron cuando la presión del manguito me cortaba la circulación de la sangre; después, la mano enguantada se detuvo, la presión creció durante diez segundos y, de pronto, eso tan molesto hizo "puff..." y se deshinchó al instante como si fuera una colchoneta recién pinchada.

—103/62 —escuché decir a una voz varonil, seguramente mucho más grave de lo que era debido a que mi sistema operativo acababa de reiniciarse tras un tiempo en suspensión—. Tienes la tensión bajísima.

—¿Qué..., qué ha pasado? —Debí preguntarlo con ese tono pesaroso que te deja la anestesia tras la extracción de una muela.

—Bienvenida al mundo, Jezabel —me dijo la misma voz. Haciendo esfuerzos por volver del todo a la realidad, parpadeé repetidas veces hasta que la telilla que envolvía mis ojos y me hacía ver trillizos donde solo había un hombre, desapareció y la vista regresó a su estado habitual—. Te has desmayado. —Miré a mi alrededor. Los sonidos penetraban dentro de mis oídos como si los tuviera ahí mismo, y todo con retumbe, como con eco.

Me hallaba en un habitáculo reducido y donde las paredes llenas de utensilios parecían comerme. Había collarines, bolsas de frío, férulas, la famosa camilla tijera o cuchara (según me han dicho que se llama) y una silla de rescate.

Yo, Jezabel Losada, era una perrita caliente emparedada encima de una camilla (lo de perrita caliente era verídico, pero intentaba frenar la adicción. Juro que sí aunque no lo parezca).

—No entiendo nada —Bajé los párpados, resoplando.

—Tranquila. —Levanté la vista en dirección a la voz. Hasta el momento lo había escuchado sin ponerle cara, pero en ese instante sí. Vi a un chico rubio, de ojos azules y que parecía imberbe de lo guapo que era. Me había quitado el manguito, pero de haber estado puesto y en una máquina de las de ahora, en vez de 103/62 marcaría 205/93 y 130 pulsaciones (mínimo).

Ya me descentré. Iba bien, pero una adicta reincidente no tiene remedio si la droga le mira cara a cara.

No, Jeza, ¡No!, me decía la cabeza. Acabas de sufrir un ataque de pánico por asfixia emocional, ¡por sobrecarga! No puedes con tanto tú sola. El sexo sin control es igual de perjudicial para ti como en su día lo fueron los porros y el alcohol. ¡Abre los ojos y cierra las piernas!

 Pero la excitación y el deseo ganaban la batalla contra la cordura.

—¿Puedes solo? —preguntó otro chico en el hueco de la puerta. Vi que en su chaleco ponía «Conductor».

—Sí —respondió el rubito—. Le he puesto un Lorazepam bajo la lengua. Ya está más tranquila, y no creo que necesite traslado.

¿Lorazepam?, me pregunté. Llevo como cuatro tranquilizantes en el día de hoy… Joder, estoy hasta arriba de somníferos y no me hacen efecto.

»Voy a hacer un electro, si sale bien, esperamos un poco y nos vamos.

—OK. Te cierro entonces. —El conductor se marchó.

—¿Estás mejor? —me preguntó.

—Nerviosa. —Tenía la sensación de empezar a hiperventilar. El diafragma iba por su cuenta (como mi sexo ante las órdenes de mi cerebro) por mucho que intentara respirar con normalidad. El latido cardiaco repercutía por mi cuerpo mientras luchaba por apartar de mí el vicio y la toxicidad que me habían llevado hasta allí, centrarme en mis hijas y no mirar al hombre que tenía enfrente.

—Tranquila, mujer —me dijo—. No te pongas nerviosa.

Sí, sí me pongo, sí. Nerviosa y cachonda, y lo uno tiene que ver con lo otro, es un circulo vicioso que necesito controlar para que mis hijas no me llamen “mala madre”, pero cuando me excito no doy pie con bola. Estás todo buenorro y me pones a mil.

—¡Tengo que irme! —Intenté incorporarme escandalizada, pero él me frenó.

—¿Adónde vas? —preguntó extrañado—. No puedes moverte todavía. —Me miraba, a mí y a mis senos, y no precisamente por gusto, sino porque mi pecho se movía arriba y abajo igual que cuando follaba y me sabía a gloria, y en ese momento me ahogaba precisamente por intentar eludir mi vicio favorito. Me ponía malísima, y en todos los sentidos—. ¿Por qué tantos nervios de repente? —Tenía los párpados bajados, no lo quería mirar. Resoplando, con un ajetreo similar al de las contracciones antes de dar a luz, enfoqué mi vista hacia él. Lo vi ceñudo y demasiado guapo, así que bajé la cabeza y luego la sacudí para quitarme la imagen de la mente.

Resiste, Jeza. Puedes, ¡claro que puedes! Es guapísimo, sí, pero tus hijas valen más que un polvo.

—Todas han nacido después de uno —mascullé.

—¿Cómo? —Él no entendía nada. Debía de ver a una chica apijotada, bien por el relajante o porque mis padres no me habían rematado en condiciones.

—Que…, que me estoy poniendo muy nerviosa, ¡demasiado! —respondí jadeando—. Deja que me vaya, por favor te lo pido.  —No quería mirarlo, hacerlo sería un error sin opción a recular.

—Vale, vale... Te hago el electro y te vas, ¿sí? —Debí de asentir con la cabeza (creo), no estoy segura porque mi cabeza era un hervidero entre el bien y el mal—. Tienes que quitarte el camisón.

¡¡No me pidas eso, joder!!, grité para mis adentros. Aunque te parezca raro, los pensamientos también gritan en nuestro interior. Eres un sanitario, yo tu paciente, solo eso.

»Repítetelo, Jeza: Él sanitario, tú paciente. Sexo no. Nada de sexo. Estás intentando salir a flote y superar la adicción.

»Ahora tú. Dilo.

—Se.. —No me salían las palabras. Era como si mis pensamientos se escribieran a fuego dentro de mi cabeza sin tecla para borrar, como si la acción de alimentarlos diera vida a cada letra, pero después, querer eliminar lo escrito no hiciera sino reescribirlo, en mayúsculas y con un tamaño de fuente cada vez mayor.

—Di, pero tranquila. —Me agarró del brazo. Mis pulsaciones debieron de aumentar a doscientas revoluciones por minuto. En vez de Lorazepam parecía haberme dado Red Bull.

Sexo no, Jeza. ¡Lo estás haciendo muy bien!, decía mi cabeza, pero tenía la sensación de que iba a explotarme de un momento a otro. No aguantaba más. ¡Estás resistiendo!

»Di que no. ¡Sexo no!

—¡Sexo sí! —dije, pero con tanto entusiasmo que se me escapó en voz alta.

—¿Eh? —preguntó el ambulanciero, aturdido. Definitivamente debía pensar que estaba para encerrarme.

Perdí el control de mis pensamientos y me dejé llevar por la excitación. La Jeza salvaje había vuelto (nunca se había ido).

Me incorporé. Dejé que la seda del camisón se deslizara suavemente por mis senos hasta mostrarlos desnudos. A Alejandra le encantaba agarrarlos; necesitaba que al rubito también le gustaran.

—Fóllame. —Nunca me he visto la cara de ninfómana, pero creo que ha sido esta, y no mi cuerpo, la dueña de que los hombres cayeran ante mi embrujo como conejitos detrás de una zanahoria. Me costaba muy poco (nada) conseguir mi droga carnal. No necesitaba gastar dinero ni salir a buscarla: se presentaba ella solita.

Abrí las piernas. El chico (flipando en colores) tenía mi sexo húmedo prácticamente en su cara. Llevé mis dedos a él, aparté los labios de la vagina con dulzura y empecé a estimular el clítoris. Mis jadeos lascivos formaron una protuberancia bastante apetecible bajo el pantalón gris de mi presa. Poco más tuve que hacer para que cayera rendidito ante mí, de forma literal y verídica, pero esta última cinco minutos después...

Se bajó los pantalones y calzoncillos y vi una porra de carne y venas en relieve curvada hacia arriba. Segundos después se movía dentro de mi coño.

Eché por tierra todo lo trabajado hasta el momento. Rocé las puertas de la negación, pero en ese instante pretendía acariciar las de la gloria. Durante esos minutos no me acordaba de lo ocurrido ni de mis hijas, solo quería gozar, sentir lo excitante que resulta saciarte con tu droga en situaciones comprometidas y vivir el momento como si fuese el último polvo de mi vida. El rubito se había convertido en una fiera, en un toro bravo que me embestía como tanto me gustaba: fuerte, duro y profundo. Mordisqueaba mis pezones erectos completamente alocado. Él gemía, yo gritaba. Su boca cambiaba de un seno a otro, los que chupaba, mordía y acariciaba con su cabeza juguetona. Su polla era dueña de un volcán en "erección" y mi coño lava ardiente y abrasiva gracias a los colores que me hacía ver.

Un quejido ahogado, que respiraba con ajetreo cerca de mi boca, culminó un acto de cuatro estrellas (siempre se puede mejorar) mientras la polla de mi ambulanciero se sacudía en mi interior, esta vez como un perrillo, ya no como una fiera…

Nueve meses después nació Jenny.

Sé que tú, lector o lectora, le darás la razón a mis hijas en la pesadilla que viví, y secundarás la propuesta de llamarme "mala madre". Pero..., ¿me lo llamaron ellas o me lo llamó mi propia conciencia?

A lo largo de mi vida he pasado por etapas muy oscuras, la mayor parte sumergida en las adicciones, pero te juro que ninguna tan buena como el sexo. He tenido la suerte o la desgracia de ser un bombón andante, y no es algo que me diga yo, sino los demás. Fui la adolescente más popular de la clase. Los chicos me querían y las chicas me envidiaban (aunque creo haberte comentado algo anteriormente). Nací convertida en una preciosidad sin necesidad de hacer nada para conseguirlo. Genética, suerte. Ser bella también es un don, y tan válido como el de la inteligencia. Mi cuerpo ha sido siempre el sueño de todo hombre que lo veía. He sido, y aún soy, "la chica de las curvas"; la fácil, la que hace de todo y se deja hacer.

«La hija de la Encarna, esa cría que la mama que da gusto».

A ojos del mundo, y según el criterio de la sociedad, he sido y soy una guarra y una mala madre. El sexo es algo delicioso, un placer inigualable que nubla nuestros sentidos como no puede hacerlo la satisfacción que te da el comer o llevar a cabo tu afición favorita. El sexo viene sin instrucciones, sin embargo, todos sabemos cómo funciona: por instinto, naturaleza... Somos animales salvajes con una única misión: reproducirnos, y solo podemos hacerlo a través del sexo.

Con el paso de los años, el ser humano ha aprendido a separar: copular por un lado, sentir por el otro. En ambos casos se disfruta, aunque no siempre se goza. Eyaculación y orgasmo no tienen por qué ir de la mano, pero cuando lo hacen, la mente experimenta algo que siente nuestro cuerpo y, en casos como el mío, en personas "chochosensibles", se dispara una sustancia tan adictiva que, como en toda droga, crea dependencia, y no puedes vivir si no lo practicas, si no te metes, si no la metes o te la meten; si no te pones o pones al otro o a la otra, si no te pinchas, si no lo fumas, si no bebes o si no te lo tragas...

He hecho un copia-pega de los apuntes de mi hija Jenny, la misma que, a lo largo de los años, me ha explicado qué utensilios y material lleva una ambulancia por dentro y qué se utiliza en cada caso (por eso sé lo que es la camilla cuchara, el esfingmo etc...). Jenny es técnico de emergencias sanitarias. Trabaja para una empresa de ambulancias, pero también es voluntaria de Cruz Roja. Allí, aparte de preventivos y acudir al rescate vestida de rojo, ayuda a toxicómanos, alcohólicos, drogodependientes, y hasta a su propia madre...

Pasa más horas salvando vidas que viviendo la suya; pero es feliz, y su felicidad repercute en la mía, me hace sonreír y sentirme orgullosa de ella.

Su padre (el ambulanciero), desapareció, pero mi hija está aquí presente. Piensa dar un paso más allá y hacerse formadora de primeros auxilios, algo que todo ser humano debería conocer.

Poco a poco, Jenny, mi amor.

 

                Dedicado con cariño a todas las TTS del mundo.

 

                                                                    Jezabel Losada.





















 

martes, 7 de octubre de 2025

Las hijas de Jezabel: Capítulo 7: Alejandra (+18)

 



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Era imposible pegar ojo, y no por Nala, ya que la pobre, a pesar de no tener más que dos mesecitos y medio, dormía como un tronco (como la bebé que era); la causante del alboroto era Vicky. Acababa de cumplir un año y llevaba días llorando sin descanso por culpa de sus primeros dientes (iba con retraso). La llorera debía de escucharse por toda la calle. Los dientes de V3 eran la pesadilla vecinal noche tras noche, y llevaba así cerca de tres días. ¿Qué le haces a una bebé que llora? En el barrio anterior, a veces, el perro de Doña Eulalia —de la que nunca supimos su edad, pero debió de tener alguna que otra aventurilla con Matusalén—, un pastor alemán menos viejo que ella pero lo suficiente para tratarse de un perro, parecía aullar en vez de ladrar, y siempre sobre las 3 o 4 de la madrugada. Despertaba sobresaltados a todos los vecinos. Y, ¿qué le hacíamos? Exactamente lo mismo que a mi hija: nada, aguantar. Hoy por ti mañana por mí (ley de vida).

    Iris entró en mi dormitorio. Dormía con Luna y Lilian en la habitación de enfrente. Era lo suficientemente amplia como para que cada una tuviera su propia cama y sobrara espacio. Sherezade, V3 (la llorona) y Nala dormían conmigo, las dos últimas en sus cunitas. Shere dormía a mi lado en una cama con el edredón de Blancanieves y los siete enanitos versión Disney, y era otro tronco muerto igual que su hermana Nala. De caerse la casa ambas seguirían durmiendo. Más adelante Luna tendría habitación propia, pero de momento solo era una sala de juegos para las tardes y los fines de semana (si se portaban bien). La pequeña Iris, con tres años por aquel entonces, se acercaba a mí frotándose los ojitos.

    —Jo, mami... —dejó caer los brazos; estos, plomizos, curvaron su cuerpo pesaroso como si fuese a caer de bruces. Parecía una zombi pero con cara de angustia y sueño, no de terror.

    —Ya lo sé, cariño —le dije, pero no podía hacer nada. Me acerqué a ella, le di un beso en la frente y añadí—: acuéstate. Aún es muy temprano, intenta dormir.

    —Jope... —Seguía con las articulaciones muertas, como un títere sin hilos—. La tata no deja de llorar.

    —Otra vez, mamá... —La que habló fue Lilian. Apretaba los párpados mientras su cuerpo se sostenía en la jamba de la puerta, igual que un borracho a una farola en su arduo camino por regresar a casa.

    —¡Enana, me has despertado! —Intervino Luna muy enfada. Su reproche iba dirigido a Lily, no a V3.

    —¡Y a mí los quejidos de Vicky! —respondió ella.

    —¡Basta, niñas! ¡Ya! —intervine. Tenía a V3 llorando en mis brazos—. Id a vuestra habitación.

    —Pero, mamá, es...

    —A vuestra habitación, Lilian. —Las niñas sabían que cuando mi tono de voz cambiaba de alto a bajo y no al revés, mi enfado era severo. Necesitaba controlar la situación y que no se me fuera de las manos. Primero por la propia Vicky, que estaba malita y no podía atenderla bien si sus hermanas seguían dando voces. Las dos pequeñas dormían sin percatarse de nada, pero de despertarse, lo más seguro es que también empezaran a llorar, y tendría un agravante mayúsculo. Después, y ya por último, los vecinos. No quería vivir lo que sufrí en el otro barrio.

    —Vale, mami —obedeció Luna—. ¿Puedo tomarme un vasito de leche y ya me acuesto? Porfi-porfi-porfi. —Juntó las manitas en gesto de súplica, como si estuviera rezando.

    —Sí, cariño. Ve —respondí.

    —¡Grachiiias! —Lo agradeció muy contenta.

    —Haced pis todas antes de volver a la cama —añadí. Obedecieron—. Ya, tesoro. Ya, mi pequeñita... —le decía a V3 mientras la acunaba en mis brazos—. Mamá está aquí contigo.

    Se tranquilizaba. Cualquier mal del mundo duele menos con una madre al lado. Las mamás tenemos poder para sanar pequeños males de nuestros hijos y hasta reducir los grandes. Una madre lo es todo aunque a veces lo olvidemos. Tenía diecinueve años recién cumplidos, y aunque mi madre no pudiera tenerme en brazos y acunarme, la necesitaba conmigo. Llevaba dos años sin saber de ella pero la recordaba todos los días. Desconocía si ella seguiría acordándose de mí.

    Mamá...

    El llanto de la pequeña Vicky cesó y quedó dormidita en mis brazos. Mientras la observaba (da gusto ver dormir a una bebé) vino a mí un olor familiar y nada amigable. Levanté la vista y miré a Nala.

    Un regalito maloliente para sentenciar la noche.

    —¡Ay, no! Caca no...



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A la mañana siguiente Lilian salvó mi nariz de abrasarse dentro de la taza de café. Mi cabeza se caía de sueño, pero mi hija (siempre tan oportuna, para lo bueno y para lo malo), me zarandeó gritando a voz en cuello:

    —¡Mami, mami-mami!

    Salvó a mi nariz de quemarse con café hirviendo, pero mi corazón estuvo a punto de sufrir un infarto. Me erguí tras dar un respingo completamente sobresaltada. Eché un paso que detuve fulminante, como si mi intención fuera correr sin saber a dónde y llevada por el sobresalto que indicaba peligro. Me detuve, atontada. La falta de sueño y el disgusto repentino hicieron que perdiera la noción del tiempo, incluso la cordura. Reseteé, respiré hondo y miré a la niña. Me miraba como diciendo "mi mamá es estúpida". El viejo transistor de la cocina hablaba solo.

    —¿Qué pasa, Lily, cariño? —Me pasé las manos por la cara como si fueran un rodillo y pretendiera espabilar tensándome la piel—. ¿Qué haces despierta tan pronto? —Era sábado, no tenía cole y ninguna de las dos habíamos dormido por los sollozos de V3.

    —Venía a... —Hizo puchero. Al parecer, quería contarme algo toda ilusionada, y yo, inconscientemente y por culpa de mi reacción, lo eché todo a perder.

    —Perdóname, mi amor —me acerqué a ella, la cogí y me la llevé a la silla—. Mamá está muy cansada, pero soy toda oídos para ti. —Junté mi frente con la suya y le di un besito en la nariz—. Cuéntame. —Fue más un susurro, cálido y desganado, pero consciente.

    —El señor que habla ahí —Señaló la radio—, dice que el Barça viene mañana a Valladolid con una zorrilla. —Reí a carcajadas. Mi niña acababa de devolverme a la realidad y fulminar mi somnolencia de un plumazo. Desde mi desilusión con Oba llevaba meses prácticamente sin sonreír, solo aparentaba estar contenta delante de las niñas, pero nada más. Creo que el comentario de Lilian es de lo mejor que recuerdo de esa temporada de bajón.

    —Ay, cariño...—Seguía riendo; sin embargo, una vez procesada la información, me di cuenta de que me lo dijo para darme una sorpresa, y esa magnífica noticia era, nada más y nada menos, ¡que el Barça jugaba en el José Zorrilla! ¡Tenía a mi equipo favorito en la capital! —. ¡Viene el Barça! —vociferé entusiasmada.

    —Con una zorrilla —añadió ella.

    —¿Quieres que vayamos al estadio? —pregunté como si fuera yo la que tenía cuatro años y no ella.

    —¡¡Síiiii!, mami!! —Lily estaba de acuerdo.

    —Llamamos a Trini para que venga con nosotras, ¿vale? Que Vitor Baía le gusta mucho y así lo ve de cerca.

    Trini estaba enamorada de Baía (yo también), y ver a un hombre tan guapo de cerca solo se presenta una vez en la vida. La llamé enseguida para darle la noticia y que me acompañara a por las entradas, ya que cada vez nos veíamos menos y así aprovechábamos para ponernos al día. Las partidas de rol en grupo eran trimestrales (cuando las había, y siempre faltaba alguien) y las de Magic una al mes, y a veces ni eso. No entendía muy bien a qué se debía puesto que estaba segura de no haber hecho nada malo. Ya no era la Jezabel que cambió a sus amigos por sexo, droga y alcohol, sino una mujercita de diecinueve años centrada en sus hijas y en salir adelante. A las consultas con el psiquiatra les pasaba lo mismo que a las partidas con mis amigos: de muy ciento en viento. Después del disgusto de Oba recurrí a los ansiolíticos una vez más, sí, pero como apoyo y por prescripción médica. La desilusión me dejó muy tocada, bastante, sobre todo después de ver a Luna tan triste. El mundo se me vino encima, y lo viví así, como procedo a contarte a continuación.

    —Eh-eh-eh, señorita —le dije a mi primogénita. Me había visto y quería esconderse por vergüenza, por haberle dicho al rey mago que quería una novia para mí cuando se lo había prohibido terminantemente. Acababa de acostarme con Oba y salía del baño para recoger a mis hijas—. No te escondas porque tenemos que hablar.

    —¿Estás enfadada, mami? —me preguntó cabizbaja, esta vez escondiendo la cabeza por miedo, no por vergüenza—. Jolín, es que quiero un papá. —Dio varios saltitos como si estuviera dispuesta a iniciar una rabieta.

    —No estoy enfadada, cariño —le aseguré. Continuaba mirándome entristecida, aunque algo más relajada. Me acerqué a su oído para susurrarle—: Mamá quiere darte una sorpresa. —Mis ojos debían de refulgir como estrellitas saltarinas mientras los de ella se abrían como platos.

    —¡¿Qué es, mami? ¡Qué es-qué es-qué eeeees! —Se puso nerviosísima, necesitaba saberlo ya.

    —Las tatas y tú tendréis un papá. —Creo que mi sonrisa era la más bonita del mundo, el esbozó feliz de un rostro precioso y lleno de esa vida que perdí años atrás. Hasta entonces no había pensado en tener novio, pero cuando Luna me dijo que quería un papá, y puesto que Oba no solo me hizo disfrutar, sino también el amor con dulzura y cariño, caí rendida a sus pies como el futuro hombre de mi vida. No podía haber nadie mejor que él. Mis hijas lo necesitaban: Luna lo quería y yo lo deseaba.

    —¿¿De verdad?? —preguntó la pequeña totalmente entusiasmada.

    Cuando al día siguiente me vio entrar en casa, sola, sin el papá que le había prometido tener, empezó a llorar llamándome mentirosa.

    —¡Me lo prometiste, mamá! —Pataleaba—. ¡Todos los niños del cole tienen papá y yo no! ¡Me lo prometiste! ¡Me dijiste que sí!

    Subió llorando a su habitación.

    La pequeña Lily se acercó a mí con cara de adulta a pesar de tener solo tres añitos en ese momento.

    —Mamita, ¿es verdad que todos los niños tienen papá? —me preguntó. Se chupaba los deditos esperando mi respuesta.

    —Todos no, mi vida. —La abracé y después senté en mis piernas. Cogí su cabecita y la apoyé en mi pecho antes de añadir —: Todos no...

    »Espérame aquí, que voy a hablar con la tata.

    A Luna le duraban bastante los enfados, pero casi siempre por tonterías; el de aquella vez era algo serio, y aunque se trataba de una niña de cuatro años tenía que darle una explicación (la que ni yo misma sabía). Llamar sinvergüenza a Oba delante de una cría no es de recibo. Hijo de puta menos aún.

    Tenía que inventar algo.

    Golpeé la puerta con los nudillos antes de abrirla. Luna lloraba encima de la cama.

    —Luna, mi amor... —Desearía ser yo la que sufriera, pero era ella, mi pequeña, y todo por mi culpa.

    Eres una mala madre, Jezabel.

    —¡No quiero hablar contigo! —gritó sin mirarme. Tenía la cara cubierta con la almohada y su tono de voz se perdía entre un ahogo ronco. —Quise acariciarle el rostro, pero se lo cubrió más.

    —Luna, escúchame. —Me senté en el borde de la cama—. Mírame, por favor. —Se retiró de nuevo tras mi intento por cogerla de la mano.

    —¡No! —gritó—. ¡No, no y NO! —Pataleaba. Las muñecas de la estantería caían al vacío como víctimas de un terremoto.

    —Tranquilízate. —Pero seguía pataleando—. Cariño, para... ¡Luna, ya! —vociferé—. ¡Ya está bien, Luna! —Redujo el ritmo. Su llanto languidecía—. Mamá te está diciendo que la mires. ¡Mírame! —Empezó a asomar la cabecita. Parecía una soldado camuflada pero que levanta la vista de mala gana.

    —Me prometiste un papá... —me dijo con la voz tomada, hipando. Tuve que mirar hacia otro lado para no romper a llorar delante de ella.

    —Lo sé, mi vida. —Ahora era yo quien tenía la voz tomada mientras la cogía en mis brazos y la besaba—. Tienes que perdonarme, cariño. ¿Lo harás? —Me mordí los labios. No quería llorar; no obstante, mis ojos rompieron como nubes cargadas de agua. La niña asintió con la cabeza.

    —Gracias, mi amor. —La abracé con más fuerza.

    —Mami...

    —Dime, tesoro. —Me enjugué las lágrimas.

    —¿Dónde está tu papá? —La miré frente a frente—. ¿Tampoco tienes?

    —Sí, sí lo tengo, cariño. —Le acaricié la mejilla—, pero eras muy chiquitina cuando se fue.

    —¿Dónde se fue, mami? —Esperaba una respuesta cuya contestación no era de su edad.

    Improvisé.

    —A un lugar para papás. Solo pueden estar ellos.

    —Y... ¿Tu mamá? —preguntó de nuevo—. ¿También se fue a un lugar para mamás?

    —Sí, cielo, también.

    —¿Y tú? ¿También te irás a un lugar para mamás? —Se le escapó una lagrimita —. ¿Ya no volveré a verte? —Empezó a llorar —. ¡No quiero que te vayas, mamá! —Se echó encima de mí. Me abrazaba con toda su fuerza.

    —Que no, mi amor. —Lloré, no puede contenerme (y ahora tampoco mientras te lo cuento)—. No me iré nunca. Nunca, cariño mío.

    Las madres mentimos muy bien cuando nuestros hijos son pequeños...



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Ese domingo, a las 16:00, el solecito invernal se dejaba ver por el estadio como un espectador más que se permitía el lujo de contemplar el espectáculo sin perderse un detalle. Llevaba toda la semana lloviendo, pero ese día, la alegría de la luz le ganaba a la triste oscuridad.

    —Para ser el estadio de la pulmonía no hace muy malo —comentó Trini mientras nos sentábamos. Luna, Lily e Iris comían gusanitos. Shere, V3 y Nala quedaron en casa con la canguro. A Iris parecía haberle salido perilla amarillenta. Tenía la cara embadurnada.

    —Ven que te limpio, cariño —le dije. Saqué un clínex del bolso y le enjuagué la boca. —En ese instante los jugadores del Barça salieron al campo—. ¡Ya salen! —grité.

    Ahí estaban. A pesar de no ser muy futbolera, el Barça, como ya dije, era, es y será siempre el Barça. Palabras mayores, y merecen su reverencia.

    ¡¡Visca Barça!!

    Esos a los que había visto en la tele muchas veces estaban delante de mí: Kluivert, Rivaldo, Guardiola, los hermanos de Boer, Cocú, Reiziger, Pettit, Sergi, Luis Enrique y...

    —¿Baía se ha cortado el pelo? —preguntó Trini.

    —No —respondí apenada—. No es él.

  —¿¿Cómo?? —Lo preguntó ella completamente escandalizada, pero yo estaba igual; más bien desilusionada. No era Vitor Baía, sino un chico de la cantera con las iniciales R. R en su dorsal y el número 36.

    —Baía dicen… —masculló un señor con más papada que cabeza—. Dónde estará ya…

    —Pues sí que la hemos hecho buena, Jezabel —me dijo Trini—. ¡Nos hemos gastado el dinero para nada!

    —Bueno, tía, no es para tanto. Hay más jugadores —medie—. Veamos el partido y disfrutemos de él.

    —¡Pero si no entiendo de fútbol! —espetó—. Solo sé que unos tienen que metérsela a los otros y estos evitar que se la metan, y al revés. Baía no se la deja meter, ¡pero no está!

    —¿A ti te la meten, Trini? —preguntó Luna. Ella carraspeó, pero por lo bajo le escuché decir: "a mí no me meten nada, solo a tu madre".

    —Luna, cariño, cuando las mayores hablamos no se interrumpe, ¿vale? —advertí.

    —Y..., ¿a ti te la meten, mami? —insistió.

    Roja como un tomate (media grada se reía con las palabras de mi hija) carraspeé de la misma forma que mi amiga; acto seguido, muy nerviosa, respondí:

    —Calla y mira a los jugadores, Luna, por favor.

    —¡No me gustan! —gritó.

    —Qué poco caso hace esta niña a los chicos —intervino Trini—, para eso tú a su edad, que parecía que ya tenías ganas de abrir las piernas cuando no éramos más que dos mocosas.

  —Trini, por favor —Mi voz calmada denotaba discusión inminente—. ¿Qué te pasa? Me estás atacando sin hacerte nada, tía.

    —¿Es malo abrir las piernas, mamita? —me preguntó Lily.

    —Calla, cariño —contesté—. Es un partido muy interesante. El Barça va primero en la Liga.

    —La Liga, la Liga... —masculló mi amiga—. ¡Las trompas deberías ligarte tú en vez de ligar tanto! —No sabía dónde meterme. El ridículo era espantoso, y no entendía para nada ese comportamiento que tenía conmigo—. ¡Que tienes diecinueve años y seis hijas, Jezabel! ¡Vas a educar a un equipo de fútbol!

    —¡Tía, YA, por favor!

    ¡¡GOOOOOOL!!

    Los gritos de la grada me pillaron por sorpresa. Por un lado callaron a Trini (que buena falta le hacía), pero por el otro, la discusión hizo que me perdiera el tanto del Barça.

    —¡Ha metido Luis Enrique y no lo he visto! —protesté—. ¡Y aquí no hay repetición!

    —Mamita... —dijo Lilian—. ¿Luis Enrique la mete bien?



                                                                            4



El Barça ganó 0-3, los tres goles de Luis Enrique. Trini, ya que no estaba Baía, quería a toda costa la camiseta del héroe del partido (muy, muy difícil). Y claro, en vez de intentarlo ella, me obligó a llevar a cabo la misión. Urgida a ello, aunque sin muchas ganas —estaba resentida, muy dolida por todo lo que me había dicho —, le hice el favor.

    Nada más terminar el encuentro, bajé las escaleras de la grada en dirección a los jugadores. Encontrar a Luis Enrique era como buscar una aguja en un pajar. Había camisetas blaugranas por todas partes. En principio vistiendo a los jugadores, pero otras oscilaban como hondas en manos de niños o jóvenes que parecían utilizarla para apedrear a alguien. Localicé a Luis Enrique, o mejor dicho, a su torso desnudo.

    Misión fallida. Alguien me adelantó.

    —Joder... ¡Vaya día! —rezongué.

    Miraba a todas partes en busca de un plan B: la camiseta de cualquier jugador.

    Rivaldo entraba a los vestuarios con camiseta blanca de tirantes, con lo cual, tampoco tenía la suya. O la había regalado o intercambiado con algún rival. Kluivert ya no estaba, Reiziger se me escapó en plena hazaña y Zenden, que lo había visto poco por televisión pero me parecía bastante mono, salía bufando y como una escopeta por haber jugado solo los últimos cinco minutos de partido. Si me cruzaba en su camino me embestiría como un toro de Miura.

    Había perdido, nada que hacer.

    —Toma. —No sabía si la voz se dirigía a mí o no, pero entre curiosidad y desconcierto, miré hacia su dueño y vi al portero sustituto ofreciéndome su camiseta—. Si la quieres, claro. —Primero le miré a los ojos. Me veía en ellos como si mi figura fuese un reflejo en el mar. ¡Qué azul más precioso! Pero acto seguido bajé la vista para mirar su torso desnudo.

    ¿Recuerdas cuando te comenté que me pone como tonta esa línea que nace de los abdominales inferiores y parece morir en el miembro viril? (O prolongarlo) Pues el portero la tenía, y ya podía decirme arre o so que mi mente hacía de las suyas en mi fantasía particular.

    Ya empiezas, Jezabel Un año llorando por los rincones porque Oba te engañó, tomando pastillas día y noche para tranquilizarte, pero es que es ver a otro tío y echar por tierra todo, ponerte nerviosa perdida y olvidar cualquier problema o circunstancia que vivas para terminar igual o peor que estabas... El sexo te puede. ¡Te lo ha dicho tu amiga! ¡No tienes remedio, joder!

    Mi cabeza tenía razón; Trini también, pero mi adición al alcohol y a las drogas blandas no eran nada en comparación con lo que le pasaba a mi cuerpo y a mi mente cuando me excitaba. Sufría una transformación, ¡me volvía loca! La única manera de calmar esa ansia era culminando el acto sexual, no había otra.

    Cogí la camiseta. No sé si a Trini le haría ilusión o no, pero la cogí.

    —Te lo agradezco de mil amores —le dije muy nerviosa. Jugueteaba con mi pelo, muy inquieta.

    —¿Cómo te llamas? —me preguntó.

    —Jezabel —respondí con la voz tomada. Mis ojos seguían imaginando el final de la línea.

    Cómo la tienes... Y cómo tendrás tu cosita-cosaza...

    —Es muy bonito, pero no lo había escuchado nunca, la verdad —me explicó. Su sonrisa empezaba a hacer que mis piernas se cruzaran.

    —Es un nombre bíblico —le expliqué—, el de la reina de Israel. La malvada reina de Israel —puntualicé, enfatizando la última parte en combinación con los mejores gestos de seducción que tenía en mi repertorio.

    Un polvo, solo uno. Un rapidín no cuenta como adición, solo un bálsamo para calmarme un poquito. No es pecado...

    —Y, ¿tú también eres mala? —Sus ojos azul cielo refulgían como segunda parte a su pregunta. Un hombre y una mujer son totalmente diferentes, y para que se entiendan respecto a convivencia y personalidad es todo un logro; sin embargo, cuando se juntan para tener sexo solo existe un idioma entre ellos que captan a la perfección: gozar.

    —Suelo portarme bien —comenté con voz suave, esa vocecita de niña que pongo en ciertos momentos para, precisamente, poner a los tíos cuando ya estoy cachonda perdida y necesito aliviarme—. Bastante bien.

    Mi lenguaje no verbal le dejó claro que necesitaba portarme bien (pero siendo muy mala)



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El túnel de vestuarios parecía un desfile de ropa interior. Si miraba mucho no podía garantizar que cambiara de hombre, de equipo o que montase una orgía.

    Madre mía… ¡Qué cuerpos... ¡¡Qué hombres!!

    R.R me llevaba de la mano. Miraba como loco hacia todos los lados buscando un escondite donde pudiéramos estar juntos. Sus compañeros le echarían en falta enseguida, y en menos de veinte minutos el entrenador entraría dentro del vestuario y, si no lo veía, habría problemas. Mientras él buscaba, yo, como esa mala que se porta muy bien, pegué mi cuerpo al suyo. Sentir que mis senos se aplastaban contra su espalda musculada hizo que enseguida me excitase. El dolorcito del pezón al salir hizo que emitiera un leve quejido de placer. Mi diestra se acercó a su paquete. Su trasero me golpeó cuando R.R dio un respingo. Bajo ese pantalón corto no llevaba calzoncillos, y yo jugaba con una pieza de carne blandita en un principio pero que empezó a hacerse dura segundos después de que la agarrara.

    —¡Aquí! —gritó.

    Parecía un punto muerto bajo las escaleras del sótano. Con un poco de prisa y morbo añadido por el peligro que corríamos sería algo breve, pero esperaba que al menos intenso. Estaba a punto de tirarme a un portero de fútbol, y hasta el momento, era yo la que se la había parado a él (me entenderás mejor si eres de América Latina). Me cogió de la cintura, levantó mi camiseta y empezó a besarme con tanta pasión y nervios que mi boca y mis tetas parecían ser la manzana que cuelga de una cuerda y, un atrevido con las manos atadas, intenta morder a base de bocados al aire. Así me sentía mientras R.R me devoraba con ahínco.

    Me coloqué de rodillas y le bajé el pantalón. Un soldado bastante firme me saludó con el fusil cargado. Se sacudía ligeramente como si tuviera intención de disparar.

    —No dispares aún —le dije—. Recuerda que me porto bien.

    Abracé su polla con mis senos, momento en que le vi suspirar y soltar un lánguido quejido mientras echaba la cabeza hacia atrás. Su nuez de Adán subía y bajaba con cara de gloriosa excitación. Movía su polla arriba y abajo entre dos paredes jugosas al tacto y apetitosas a la vista. Se deslizaba por ellas como por un molde diseñado para vivir oleadas de placer extremo. Mi lengua chupaba ligeramente su puntita húmeda, momento en que las venas de su polla, vasta y enrojecida, se convirtieron en raíces retorcidas alrededor de un tronco rígido.

    —¡Joder, cómo me las estás poniendo!

    La zona no era para nada silenciosa. No dejábamos de escuchar pasos, muchas voces y gritos de jolgorio en los vestuarios. Sus compañeros reían y saltaban celebrando la victoria. En cambio, nosotros, escondidos en un mundo aparte pero presente. Los minutos pasaban, el tiempo corría y ambos queríamos corrernos.

    R.R me cogió en brazos y lo abracé con mis piernas.

    —Espero que aunque seas portero se te dé bien meterla... —le dije mientras acariciaba sus pelotas.

    La metió, y he de decir que me gustó muchísimo sentirla dentro por primera vez. Estaba en fuera de juego posicional, pero el gol valía. Aquellos años no existía el VAR, pero digo yo que el tanto valió y punto...

    Empecé a saltar sobre R.R. Sin contar con Oba y Temur, puesto que su cultura hacía que tuvieran un pene mucho mayor al de un caucásico u occidental, he de decir que la polla de R.R era la más gorda que había probado hasta entonces. Sus venas, como ya te he dicho, eran exageradamente gruesas, a lo que ya, de por sí, me parecía un rabo gordísimo. No era grande, pero su grosor me hacía ver la bandera blaugrana, la española y cantar el hala Madrid si me lo pidiera en ese momento (solo en ese momento, que quede claro. Un buen grosor es un buen grosor, ¡palabras mayores!

    RR me tapó la boca porque era incapaz de controlar mis quejidos. Debía de sonar como una cría que pide auxilio pero de goce desmedido. Saltaba sobre su polla como una auténtica enfermiza, desatada, ¡poseída!

    Poco después fue él quien gritó escandalosamente. Sus ojos viraron mientras boqueaba con asfixia, con la cara completamente roja y unas venas a los lados del cuello tan gruesas como las de su pene, el mismo que, dentro de mí, se movía descontrolado como una manguera sin sujeción que suelta chorros hasta vaciarse. Sus piernas flojeaban y tenía miedo de caer al suelo, pero no. La calidez de su aliento golpeaba mis tetas como repetidas bocanadas de vaho. Si no fuera porque tenía que regresar a los vestuarios se habría quedado dormidito entre ellas.

    Los dos equipos habían disputado un bonito encuentro; el mío y el de R.R fue mucho mejor. Breve pero intenso.

    Para ser portero, he de decir que no la mete nada mal (si llegan a escucharlo mis hijas...).

    No había vuelto a tener sexo con ningún chico desde que Oba me rompió el corazón, así que agradecí muy mucho ese pequeño pero grato encuentro con R.R en nuestro escondite.

    Trini esperaba impaciente junto a las niñas y él tenía que regresar a los vestuarios.

    —Encantado, Jezabel —Me besó y abrazó cariñosamente.

    —Igualmente, rey —añadí—. Gracias. Ha sido un placer, y de verdad. —Sonreí.

    Volví a sentirme respetada una vez más. Había sido sexo, sí, solo sexo, pero para él no fui un simple trozo de carne. Su despedida demostró que era un auténtico caballero, y si me lee ahora, espero que le vaya todo bien, y que sea muy feliz.



                                                                            6



Mientras subía las escaleras de la grada veía a Iris intentando montarse encima de su hermana Lily; Luna saltaba gritando. Me detuve para mirar en derredor. No veía a Trini por ninguna parte.

    —¡Caballito, caballito! —gritaba Iris.

    —Se ha caído dos veces, mami —me dijo Luna.

    —Estate quieta, Iris —intervine—. Vais a haceros daño.

    —¡Hala, mamá, la camiseta del portero! —gritó Lilian.

    —Sí, cariño, es para Trini. ¿Dónde está? —Las niñas negaron con la cabeza. Volví a mirar en todas las direcciones posibles, pero no la veía. El público abandonaba la grada, y prácticamente no quedábamos más que nosotras y cuatro o cinco personas más—. Estará en el servicio... ¿Te ha dicho si iba al baño, cariño? —le pregunté a Luna.

    —¡Caballito, caballito! —gritó Iris.

    —¡Que te estés quieta, Iris! —grité. La separé de su hermana y la agarré de la mano.

    —No ha dicho nada, mami —me explicó Luna—. Se fue.

    —¿Cómo va a marcharse y dejaros aquí solas? No puede ser. A ver si le ha ocurrido algo.

    Saqué el móvil y marqué su número. Daba tono pero no cogía.

    —Luego en casita jugamos al caballito —Escuché susurrar a Lily.

    Llevaba como seis tonos, pero Trini no cogía. Al séptimo u octavo lo cogió.

    —¡Trini! Tía, ¿dón...?

    —No puedo hablar, Jeza —me interrumpió—. Ya hablaremos.

    Colgó.

    Debí de quedarme con cara de estúpida, pensativa. No entendía nada.

    —¿Está en el baño, mami? —me preguntó Luna—. ¿Mami?

    —¿Eh? —respondí aturdida—. Ah, no, no, cariño. Ha tenido que irse, así que vámonos para casa.

    Era incapaz de comprenderlo. Se fue, y en la llamada parecía completamente tranquila, sin sobresalto. No había ocurrido nada urgente, pero dejó a las niñas solas.

    —Luego te toca a ti ser el caballito —le dijo Lilian a Iris camino de la parada de autobús.



                                                                            7



Unos días después, y tras varios intentos sin lograr hablar con Trini, conseguí contactar con ella.

    —¿Puedo saber qué te pasa? —le pregunté, sin anestesia. Había dejado solas a mis hijas cuando fui a pedir la camiseta que debería haber pedido ella. No tenía el coño para fiestas.

    —Mira, Jezabel, déjalo —respondió.

    —¡Que deje el qué! ¿Qué tengo que dejar? —Seguía sin entender nada—. ¡No entiendo!

    —Que... —Hizo una pausa—, que no... No quiero continuar con nuestra amistad. —Mi cara debió relajarse, cambiar de tensa a un rostro abatido. Sentí un dolor punzante en el pecho—. Los del grupo y yo estamos cansados de ti. Lo siento.

    Colgó.

    Sé que mis ojos empezaron a llenarse de lágrimas puesto que veía los números del teléfono por triplicado. No me lo esperaba, desde luego que no. Estaba dolida, pero al mismo tiempo en una nube ajena al mundo real. Necesitaba que me pellizcaran para regresar.

    —¡Mami, mami! —gritó Lily—. V3 se ha hecho caca en la cocina.

    —Vo... voy —respondí en dos tiempos, con la vista perdida—. Voy, cariño. Ya voy.

    Me enjugué las lágrimas. En la mesa del salón, dentro de una bolsa, la camiseta de R.R esperaba ser objeto de reliquia en casa de Trini. Me la quedé yo. Tengo su camiseta y un recuerdo aún mejor, ya que nueve meses después de tener sexo con él nació Alejandra, mi séptima hija. Su padre no volvió a jugar nunca más como portero. Hizo la sustitución ese día, y hasta ahí. Desapareció (se lo tragó la tierra) pero mi hija está aquí, presente. Vino al mundo en una temporada muy oscura para mí (demasiado). Ataques de pánico, ansiedad desmedida, abuso de fármacos como única ayuda dentro de un pozo sin superficie para intentar boquear... No dejaba de tener veinte años, y cuando parecía que todo estaba bien, que me recuperaba y por fin vivía, ¡zas! Otro golpe. El último el de Trini, dolor que hoy en día perdura cada vez que lo recuerdo...

    Cuando nació Alex seguía siendo una niña, una igual que las siete que tenía hasta el momento. Con esto no quiero decir que ella sea mi preferida o de la que más me acuerde, ni mucho menos. Ya te comenté, y seguiré haciéndolo, que todas mis hijas son importantes por igual (si eres madre o padre lo entenderás perfectamente), solo que ella nació en un momento muy delicado. Estaba mal pero tenía siete responsabilidades a mi cargo bajo un San Benito de "Mala Madre". 

    Alejandra no fue buena estudiante, la verdad. Sacó la E. S. O, y con mucho esfuerzo. El último año me vi en la obligación de contratar a una profesora para que viniera a casa y le diera clases particulares.

    Funcionó.

    Estaba más pendiente del deporte que de los estudios. Llevaba razón puesto que siguió lo que le decía su interior, el camino recto del que he hablado hace unos instantes. Apostó, se la jugó y ganó; sí, pero una adolescente nunca debe abandonar los estudios, y menos cometer los errores que cometí yo. Organizándose bien hay tiempo para todo.

    Alex es —nada más y nada menos (redoble)— ¡la portera del F. C Barcelona femenino!, y tiene mucho mérito no solo por ganarse el puesto, sino por su lucha constante para hacerse un hueco en el deporte siendo mujer. De pequeña tenía que jugar con los niños porque no existía fútbol de chicas. Compartía equipo con ellos, y hasta vestuario en según qué ocasiones, y eso no podía ser. Gracias a Dios, hoy en día eso ya no ocurre. Juega con chicas, está contentísima y yo muy orgullosa de ella (aunque no haya estudiado más).

    Te quiero infinito, cariño.

    Su sueño es defender la portería de la Selección española de fútbol femenino. Conociéndola como la conozco, estoy segura de que lo conseguirá.




                                       Dedicado con cariño a las jugadoras del F.C. Barcelona femenino.


                                                                                        Jezabel Losada