martes, 7 de octubre de 2025

Las hijas de Jezabel: Capítulo 7: Alejandra (+18)

 



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Era imposible pegar ojo, y no por Nala, ya que la pobre, a pesar de no tener más que dos mesecitos y medio, dormía como un tronco (como la bebé que era); la causante del alboroto era Vicky. Acababa de cumplir un año y llevaba días llorando sin descanso por culpa de sus primeros dientes (iba con retraso). La llorera debía de escucharse por toda la calle. Los dientes de V3 eran la pesadilla vecinal noche tras noche, y llevaba así cerca de tres días. ¿Qué le haces a una bebé que llora? En el barrio anterior, a veces, el perro de Doña Eulalia —de la que nunca supimos su edad, pero debió de tener alguna que otra aventurilla con Matusalén—, un pastor alemán menos viejo que ella pero lo suficiente para tratarse de un perro, parecía aullar en vez de ladrar, y siempre sobre las 3 o 4 de la madrugada. Despertaba sobresaltados a todos los vecinos. Y, ¿qué le hacíamos? Exactamente lo mismo que a mi hija: nada, aguantar. Hoy por ti mañana por mí (ley de vida).

    Iris entró en mi dormitorio. Dormía con Luna y Lilian en la habitación de enfrente. Era lo suficientemente amplia como para que cada una tuviera su propia cama y sobrara espacio. Sherezade, V3 (la llorona) y Nala dormían conmigo, las dos últimas en sus cunitas. Shere dormía a mi lado en una cama con el edredón de Blancanieves y los siete enanitos versión Disney, y era otro tronco muerto igual que su hermana Nala. De caerse la casa ambas seguirían durmiendo. Más adelante Luna tendría habitación propia, pero de momento solo era una sala de juegos para las tardes y los fines de semana (si se portaban bien). La pequeña Iris, con tres años por aquel entonces, se acercaba a mí frotándose los ojitos.

    —Jo, mami... —dejó caer los brazos; estos, plomizos, curvaron su cuerpo pesaroso como si fuese a caer de bruces. Parecía una zombi pero con cara de angustia y sueño, no de terror.

    —Ya lo sé, cariño —le dije, pero no podía hacer nada. Me acerqué a ella, le di un beso en la frente y añadí—: acuéstate. Aún es muy temprano, intenta dormir.

    —Jope... —Seguía con las articulaciones muertas, como un títere sin hilos—. La tata no deja de llorar.

    —Otra vez, mamá... —La que habló fue Lilian. Apretaba los párpados mientras su cuerpo se sostenía en la jamba de la puerta, igual que un borracho a una farola en su arduo camino por regresar a casa.

    —¡Enana, me has despertado! —Intervino Luna muy enfada. Su reproche iba dirigido a Lily, no a V3.

    —¡Y a mí los quejidos de Vicky! —respondió ella.

    —¡Basta, niñas! ¡Ya! —intervine. Tenía a V3 llorando en mis brazos—. Id a vuestra habitación.

    —Pero, mamá, es...

    —A vuestra habitación, Lilian. —Las niñas sabían que cuando mi tono de voz cambiaba de alto a bajo y no al revés, mi enfado era severo. Necesitaba controlar la situación y que no se me fuera de las manos. Primero por la propia Vicky, que estaba malita y no podía atenderla bien si sus hermanas seguían dando voces. Las dos pequeñas dormían sin percatarse de nada, pero de despertarse, lo más seguro es que también empezaran a llorar, y tendría un agravante mayúsculo. Después, y ya por último, los vecinos. No quería vivir lo que sufrí en el otro barrio.

    —Vale, mami —obedeció Luna—. ¿Puedo tomarme un vasito de leche y ya me acuesto? Porfi-porfi-porfi. —Juntó las manitas en gesto de súplica, como si estuviera rezando.

    —Sí, cariño. Ve —respondí.

    —¡Grachiiias! —Lo agradeció muy contenta.

    —Haced pis todas antes de volver a la cama —añadí. Obedecieron—. Ya, tesoro. Ya, mi pequeñita... —le decía a V3 mientras la acunaba en mis brazos—. Mamá está aquí contigo.

    Se tranquilizaba. Cualquier mal del mundo duele menos con una madre al lado. Las mamás tenemos poder para sanar pequeños males de nuestros hijos y hasta reducir los grandes. Una madre lo es todo aunque a veces lo olvidemos. Tenía diecinueve años recién cumplidos, y aunque mi madre no pudiera tenerme en brazos y acunarme, la necesitaba conmigo. Llevaba dos años sin saber de ella pero la recordaba todos los días. Desconocía si ella seguiría acordándose de mí.

    Mamá...

    El llanto de la pequeña Vicky cesó y quedó dormidita en mis brazos. Mientras la observaba (da gusto ver dormir a una bebé) vino a mí un olor familiar y nada amigable. Levanté la vista y miré a Nala.

    Un regalito maloliente para sentenciar la noche.

    —¡Ay, no! Caca no...



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A la mañana siguiente Lilian salvó mi nariz de abrasarse dentro de la taza de café. Mi cabeza se caía de sueño, pero mi hija (siempre tan oportuna, para lo bueno y para lo malo), me zarandeó gritando a voz en cuello:

    —¡Mami, mami-mami!

    Salvó a mi nariz de quemarse con café hirviendo, pero mi corazón estuvo a punto de sufrir un infarto. Me erguí tras dar un respingo completamente sobresaltada. Eché un paso que detuve fulminante, como si mi intención fuera correr sin saber a dónde y llevada por el sobresalto que indicaba peligro. Me detuve, atontada. La falta de sueño y el disgusto repentino hicieron que perdiera la noción del tiempo, incluso la cordura. Reseteé, respiré hondo y miré a la niña. Me miraba como diciendo "mi mamá es estúpida". El viejo transistor de la cocina hablaba solo.

    —¿Qué pasa, Lily, cariño? —Me pasé las manos por la cara como si fueran un rodillo y pretendiera espabilar tensándome la piel—. ¿Qué haces despierta tan pronto? —Era sábado, no tenía cole y ninguna de las dos habíamos dormido por los sollozos de V3.

    —Venía a... —Hizo puchero. Al parecer, quería contarme algo toda ilusionada, y yo, inconscientemente y por culpa de mi reacción, lo eché todo a perder.

    —Perdóname, mi amor —me acerqué a ella, la cogí y me la llevé a la silla—. Mamá está muy cansada, pero soy toda oídos para ti. —Junté mi frente con la suya y le di un besito en la nariz—. Cuéntame. —Fue más un susurro, cálido y desganado, pero consciente.

    —El señor que habla ahí —Señaló la radio—, dice que el Barça viene mañana a Valladolid con una zorrilla. —Reí a carcajadas. Mi niña acababa de devolverme a la realidad y fulminar mi somnolencia de un plumazo. Desde mi desilusión con Oba llevaba meses prácticamente sin sonreír, solo aparentaba estar contenta delante de las niñas, pero nada más. Creo que el comentario de Lilian es de lo mejor que recuerdo de esa temporada de bajón.

    —Ay, cariño...—Seguía riendo; sin embargo, una vez procesada la información, me di cuenta de que me lo dijo para darme una sorpresa, y esa magnífica noticia era, nada más y nada menos, ¡que el Barça jugaba en el José Zorrilla! ¡Tenía a mi equipo favorito en la capital! —. ¡Viene el Barça! —vociferé entusiasmada.

    —Con una zorrilla —añadió ella.

    —¿Quieres que vayamos al estadio? —pregunté como si fuera yo la que tenía cuatro años y no ella.

    —¡¡Síiiii!, mami!! —Lily estaba de acuerdo.

    —Llamamos a Trini para que venga con nosotras, ¿vale? Que Vitor Baía le gusta mucho y así lo ve de cerca.

    Trini estaba enamorada de Baía (yo también), y ver a un hombre tan guapo de cerca solo se presenta una vez en la vida. La llamé enseguida para darle la noticia y que me acompañara a por las entradas, ya que cada vez nos veíamos menos y así aprovechábamos para ponernos al día. Las partidas de rol en grupo eran trimestrales (cuando las había, y siempre faltaba alguien) y las de Magic una al mes, y a veces ni eso. No entendía muy bien a qué se debía puesto que estaba segura de no haber hecho nada malo. Ya no era la Jezabel que cambió a sus amigos por sexo, droga y alcohol, sino una mujercita de diecinueve años centrada en sus hijas y en salir adelante. A las consultas con el psiquiatra les pasaba lo mismo que a las partidas con mis amigos: de muy ciento en viento. Después del disgusto de Oba recurrí a los ansiolíticos una vez más, sí, pero como apoyo y por prescripción médica. La desilusión me dejó muy tocada, bastante, sobre todo después de ver a Luna tan triste. El mundo se me vino encima, y lo viví así, como procedo a contarte a continuación.

    —Eh-eh-eh, señorita —le dije a mi primogénita. Me había visto y quería esconderse por vergüenza, por haberle dicho al rey mago que quería una novia para mí cuando se lo había prohibido terminantemente. Acababa de acostarme con Oba y salía del baño para recoger a mis hijas—. No te escondas porque tenemos que hablar.

    —¿Estás enfadada, mami? —me preguntó cabizbaja, esta vez escondiendo la cabeza por miedo, no por vergüenza—. Jolín, es que quiero un papá. —Dio varios saltitos como si estuviera dispuesta a iniciar una rabieta.

    —No estoy enfadada, cariño —le aseguré. Continuaba mirándome entristecida, aunque algo más relajada. Me acerqué a su oído para susurrarle—: Mamá quiere darte una sorpresa. —Mis ojos debían de refulgir como estrellitas saltarinas mientras los de ella se abrían como platos.

    —¡¿Qué es, mami? ¡Qué es-qué es-qué eeeees! —Se puso nerviosísima, necesitaba saberlo ya.

    —Las tatas y tú tendréis un papá. —Creo que mi sonrisa era la más bonita del mundo, el esbozó feliz de un rostro precioso y lleno de esa vida que perdí años atrás. Hasta entonces no había pensado en tener novio, pero cuando Luna me dijo que quería un papá, y puesto que Oba no solo me hizo disfrutar, sino también el amor con dulzura y cariño, caí rendida a sus pies como el futuro hombre de mi vida. No podía haber nadie mejor que él. Mis hijas lo necesitaban: Luna lo quería y yo lo deseaba.

    —¿¿De verdad?? —preguntó la pequeña totalmente entusiasmada.

    Cuando al día siguiente me vio entrar en casa, sola, sin el papá que le había prometido tener, empezó a llorar llamándome mentirosa.

    —¡Me lo prometiste, mamá! —Pataleaba—. ¡Todos los niños del cole tienen papá y yo no! ¡Me lo prometiste! ¡Me dijiste que sí!

    Subió llorando a su habitación.

    La pequeña Lily se acercó a mí con cara de adulta a pesar de tener solo tres añitos en ese momento.

    —Mamita, ¿es verdad que todos los niños tienen papá? —me preguntó. Se chupaba los deditos esperando mi respuesta.

    —Todos no, mi vida. —La abracé y después senté en mis piernas. Cogí su cabecita y la apoyé en mi pecho antes de añadir —: Todos no...

    »Espérame aquí, que voy a hablar con la tata.

    A Luna le duraban bastante los enfados, pero casi siempre por tonterías; el de aquella vez era algo serio, y aunque se trataba de una niña de cuatro años tenía que darle una explicación (la que ni yo misma sabía). Llamar sinvergüenza a Oba delante de una cría no es de recibo. Hijo de puta menos aún.

    Tenía que inventar algo.

    Golpeé la puerta con los nudillos antes de abrirla. Luna lloraba encima de la cama.

    —Luna, mi amor... —Desearía ser yo la que sufriera, pero era ella, mi pequeña, y todo por mi culpa.

    Eres una mala madre, Jezabel.

    —¡No quiero hablar contigo! —gritó sin mirarme. Tenía la cara cubierta con la almohada y su tono de voz se perdía entre un ahogo ronco. —Quise acariciarle el rostro, pero se lo cubrió más.

    —Luna, escúchame. —Me senté en el borde de la cama—. Mírame, por favor. —Se retiró de nuevo tras mi intento por cogerla de la mano.

    —¡No! —gritó—. ¡No, no y NO! —Pataleaba. Las muñecas de la estantería caían al vacío como víctimas de un terremoto.

    —Tranquilízate. —Pero seguía pataleando—. Cariño, para... ¡Luna, ya! —vociferé—. ¡Ya está bien, Luna! —Redujo el ritmo. Su llanto languidecía—. Mamá te está diciendo que la mires. ¡Mírame! —Empezó a asomar la cabecita. Parecía una soldado camuflada pero que levanta la vista de mala gana.

    —Me prometiste un papá... —me dijo con la voz tomada, hipando. Tuve que mirar hacia otro lado para no romper a llorar delante de ella.

    —Lo sé, mi vida. —Ahora era yo quien tenía la voz tomada mientras la cogía en mis brazos y la besaba—. Tienes que perdonarme, cariño. ¿Lo harás? —Me mordí los labios. No quería llorar; no obstante, mis ojos rompieron como nubes cargadas de agua. La niña asintió con la cabeza.

    —Gracias, mi amor. —La abracé con más fuerza.

    —Mami...

    —Dime, tesoro. —Me enjugué las lágrimas.

    —¿Dónde está tu papá? —La miré frente a frente—. ¿Tampoco tienes?

    —Sí, sí lo tengo, cariño. —Le acaricié la mejilla—, pero eras muy chiquitina cuando se fue.

    —¿Dónde se fue, mami? —Esperaba una respuesta cuya contestación no era de su edad.

    Improvisé.

    —A un lugar para papás. Solo pueden estar ellos.

    —Y... ¿Tu mamá? —preguntó de nuevo—. ¿También se fue a un lugar para mamás?

    —Sí, cielo, también.

    —¿Y tú? ¿También te irás a un lugar para mamás? —Se le escapó una lagrimita —. ¿Ya no volveré a verte? —Empezó a llorar —. ¡No quiero que te vayas, mamá! —Se echó encima de mí. Me abrazaba con toda su fuerza.

    —Que no, mi amor. —Lloré, no puede contenerme (y ahora tampoco mientras te lo cuento)—. No me iré nunca. Nunca, cariño mío.

    Las madres mentimos muy bien cuando nuestros hijos son pequeños...



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Ese domingo, a las 16:00, el solecito invernal se dejaba ver por el estadio como un espectador más que se permitía el lujo de contemplar el espectáculo sin perderse un detalle. Llevaba toda la semana lloviendo, pero ese día, la alegría de la luz le ganaba a la triste oscuridad.

    —Para ser el estadio de la pulmonía no hace muy malo —comentó Trini mientras nos sentábamos. Luna, Lily e Iris comían gusanitos. Shere, V3 y Nala quedaron en casa con la canguro. A Iris parecía haberle salido perilla amarillenta. Tenía la cara embadurnada.

    —Ven que te limpio, cariño —le dije. Saqué un clínex del bolso y le enjuagué la boca. —En ese instante los jugadores del Barça salieron al campo—. ¡Ya salen! —grité.

    Ahí estaban. A pesar de no ser muy futbolera, el Barça, como ya dije, era, es y será siempre el Barça. Palabras mayores, y merecen su reverencia.

    ¡¡Visca Barça!!

    Esos a los que había visto en la tele muchas veces estaban delante de mí: Kluivert, Rivaldo, Guardiola, los hermanos de Boer, Cocú, Reiziger, Pettit, Sergi, Luis Enrique y...

    —¿Baía se ha cortado el pelo? —preguntó Trini.

    —No —respondí apenada—. No es él.

  —¿¿Cómo?? —Lo preguntó ella completamente escandalizada, pero yo estaba igual; más bien desilusionada. No era Vitor Baía, sino un chico de la cantera con las iniciales R. R en su dorsal y el número 36.

    —Baía dicen… —masculló un señor con más papada que cabeza—. Dónde estará ya…

    —Pues sí que la hemos hecho buena, Jezabel —me dijo Trini—. ¡Nos hemos gastado el dinero para nada!

    —Bueno, tía, no es para tanto. Hay más jugadores —medie—. Veamos el partido y disfrutemos de él.

    —¡Pero si no entiendo de fútbol! —espetó—. Solo sé que unos tienen que metérsela a los otros y estos evitar que se la metan, y al revés. Baía no se la deja meter, ¡pero no está!

    —¿A ti te la meten, Trini? —preguntó Luna. Ella carraspeó, pero por lo bajo le escuché decir: "a mí no me meten nada, solo a tu madre".

    —Luna, cariño, cuando las mayores hablamos no se interrumpe, ¿vale? —advertí.

    —Y..., ¿a ti te la meten, mami? —insistió.

    Roja como un tomate (media grada se reía con las palabras de mi hija) carraspeé de la misma forma que mi amiga; acto seguido, muy nerviosa, respondí:

    —Calla y mira a los jugadores, Luna, por favor.

    —¡No me gustan! —gritó.

    —Qué poco caso hace esta niña a los chicos —intervino Trini—, para eso tú a su edad, que parecía que ya tenías ganas de abrir las piernas cuando no éramos más que dos mocosas.

  —Trini, por favor —Mi voz calmada denotaba discusión inminente—. ¿Qué te pasa? Me estás atacando sin hacerte nada, tía.

    —¿Es malo abrir las piernas, mamita? —me preguntó Lily.

    —Calla, cariño —contesté—. Es un partido muy interesante. El Barça va primero en la Liga.

    —La Liga, la Liga... —masculló mi amiga—. ¡Las trompas deberías ligarte tú en vez de ligar tanto! —No sabía dónde meterme. El ridículo era espantoso, y no entendía para nada ese comportamiento que tenía conmigo—. ¡Que tienes diecinueve años y seis hijas, Jezabel! ¡Vas a educar a un equipo de fútbol!

    —¡Tía, YA, por favor!

    ¡¡GOOOOOOL!!

    Los gritos de la grada me pillaron por sorpresa. Por un lado callaron a Trini (que buena falta le hacía), pero por el otro, la discusión hizo que me perdiera el tanto del Barça.

    —¡Ha metido Luis Enrique y no lo he visto! —protesté—. ¡Y aquí no hay repetición!

    —Mamita... —dijo Lilian—. ¿Luis Enrique la mete bien?



                                                                            4



El Barça ganó 0-3, los tres goles de Luis Enrique. Trini, ya que no estaba Baía, quería a toda costa la camiseta del héroe del partido (muy, muy difícil). Y claro, en vez de intentarlo ella, me obligó a llevar a cabo la misión. Urgida a ello, aunque sin muchas ganas —estaba resentida, muy dolida por todo lo que me había dicho —, le hice el favor.

    Nada más terminar el encuentro, bajé las escaleras de la grada en dirección a los jugadores. Encontrar a Luis Enrique era como buscar una aguja en un pajar. Había camisetas blaugranas por todas partes. En principio vistiendo a los jugadores, pero otras oscilaban como hondas en manos de niños o jóvenes que parecían utilizarla para apedrear a alguien. Localicé a Luis Enrique, o mejor dicho, a su torso desnudo.

    Misión fallida. Alguien me adelantó.

    —Joder... ¡Vaya día! —rezongué.

    Miraba a todas partes en busca de un plan B: la camiseta de cualquier jugador.

    Rivaldo entraba a los vestuarios con camiseta blanca de tirantes, con lo cual, tampoco tenía la suya. O la había regalado o intercambiado con algún rival. Kluivert ya no estaba, Reiziger se me escapó en plena hazaña y Zenden, que lo había visto poco por televisión pero me parecía bastante mono, salía bufando y como una escopeta por haber jugado solo los últimos cinco minutos de partido. Si me cruzaba en su camino me embestiría como un toro de Miura.

    Había perdido, nada que hacer.

    —Toma. —No sabía si la voz se dirigía a mí o no, pero entre curiosidad y desconcierto, miré hacia su dueño y vi al portero sustituto ofreciéndome su camiseta—. Si la quieres, claro. —Primero le miré a los ojos. Me veía en ellos como si mi figura fuese un reflejo en el mar. ¡Qué azul más precioso! Pero acto seguido bajé la vista para mirar su torso desnudo.

    ¿Recuerdas cuando te comenté que me pone como tonta esa línea que nace de los abdominales inferiores y parece morir en el miembro viril? (O prolongarlo) Pues el portero la tenía, y ya podía decirme arre o so que mi mente hacía de las suyas en mi fantasía particular.

    Ya empiezas, Jezabel Un año llorando por los rincones porque Oba te engañó, tomando pastillas día y noche para tranquilizarte, pero es que es ver a otro tío y echar por tierra todo, ponerte nerviosa perdida y olvidar cualquier problema o circunstancia que vivas para terminar igual o peor que estabas... El sexo te puede. ¡Te lo ha dicho tu amiga! ¡No tienes remedio, joder!

    Mi cabeza tenía razón; Trini también, pero mi adición al alcohol y a las drogas blandas no eran nada en comparación con lo que le pasaba a mi cuerpo y a mi mente cuando me excitaba. Sufría una transformación, ¡me volvía loca! La única manera de calmar esa ansia era culminando el acto sexual, no había otra.

    Cogí la camiseta. No sé si a Trini le haría ilusión o no, pero la cogí.

    —Te lo agradezco de mil amores —le dije muy nerviosa. Jugueteaba con mi pelo, muy inquieta.

    —¿Cómo te llamas? —me preguntó.

    —Jezabel —respondí con la voz tomada. Mis ojos seguían imaginando el final de la línea.

    Cómo la tienes... Y cómo tendrás tu cosita-cosaza...

    —Es muy bonito, pero no lo había escuchado nunca, la verdad —me explicó. Su sonrisa empezaba a hacer que mis piernas se cruzaran.

    —Es un nombre bíblico —le expliqué—, el de la reina de Israel. La malvada reina de Israel —puntualicé, enfatizando la última parte en combinación con los mejores gestos de seducción que tenía en mi repertorio.

    Un polvo, solo uno. Un rapidín no cuenta como adición, solo un bálsamo para calmarme un poquito. No es pecado...

    —Y, ¿tú también eres mala? —Sus ojos azul cielo refulgían como segunda parte a su pregunta. Un hombre y una mujer son totalmente diferentes, y para que se entiendan respecto a convivencia y personalidad es todo un logro; sin embargo, cuando se juntan para tener sexo solo existe un idioma entre ellos que captan a la perfección: gozar.

    —Suelo portarme bien —comenté con voz suave, esa vocecita de niña que pongo en ciertos momentos para, precisamente, poner a los tíos cuando ya estoy cachonda perdida y necesito aliviarme—. Bastante bien.

    Mi lenguaje no verbal le dejó claro que necesitaba portarme bien (pero siendo muy mala)



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El túnel de vestuarios parecía un desfile de ropa interior. Si miraba mucho no podía garantizar que cambiara de hombre, de equipo o que montase una orgía.

    Madre mía… ¡Qué cuerpos... ¡¡Qué hombres!!

    R.R me llevaba de la mano. Miraba como loco hacia todos los lados buscando un escondite donde pudiéramos estar juntos. Sus compañeros le echarían en falta enseguida, y en menos de veinte minutos el entrenador entraría dentro del vestuario y, si no lo veía, habría problemas. Mientras él buscaba, yo, como esa mala que se porta muy bien, pegué mi cuerpo al suyo. Sentir que mis senos se aplastaban contra su espalda musculada hizo que enseguida me excitase. El dolorcito del pezón al salir hizo que emitiera un leve quejido de placer. Mi diestra se acercó a su paquete. Su trasero me golpeó cuando R.R dio un respingo. Bajo ese pantalón corto no llevaba calzoncillos, y yo jugaba con una pieza de carne blandita en un principio pero que empezó a hacerse dura segundos después de que la agarrara.

    —¡Aquí! —gritó.

    Parecía un punto muerto bajo las escaleras del sótano. Con un poco de prisa y morbo añadido por el peligro que corríamos sería algo breve, pero esperaba que al menos intenso. Estaba a punto de tirarme a un portero de fútbol, y hasta el momento, era yo la que se la había parado a él (me entenderás mejor si eres de América Latina). Me cogió de la cintura, levantó mi camiseta y empezó a besarme con tanta pasión y nervios que mi boca y mis tetas parecían ser la manzana que cuelga de una cuerda y, un atrevido con las manos atadas, intenta morder a base de bocados al aire. Así me sentía mientras R.R me devoraba con ahínco.

    Me coloqué de rodillas y le bajé el pantalón. Un soldado bastante firme me saludó con el fusil cargado. Se sacudía ligeramente como si tuviera intención de disparar.

    —No dispares aún —le dije—. Recuerda que me porto bien.

    Abracé su polla con mis senos, momento en que le vi suspirar y soltar un lánguido quejido mientras echaba la cabeza hacia atrás. Su nuez de Adán subía y bajaba con cara de gloriosa excitación. Movía su polla arriba y abajo entre dos paredes jugosas al tacto y apetitosas a la vista. Se deslizaba por ellas como por un molde diseñado para vivir oleadas de placer extremo. Mi lengua chupaba ligeramente su puntita húmeda, momento en que las venas de su polla, vasta y enrojecida, se convirtieron en raíces retorcidas alrededor de un tronco rígido.

    —¡Joder, cómo me las estás poniendo!

    La zona no era para nada silenciosa. No dejábamos de escuchar pasos, muchas voces y gritos de jolgorio en los vestuarios. Sus compañeros reían y saltaban celebrando la victoria. En cambio, nosotros, escondidos en un mundo aparte pero presente. Los minutos pasaban, el tiempo corría y ambos queríamos corrernos.

    R.R me cogió en brazos y lo abracé con mis piernas.

    —Espero que aunque seas portero se te dé bien meterla... —le dije mientras acariciaba sus pelotas.

    La metió, y he de decir que me gustó muchísimo sentirla dentro por primera vez. Estaba en fuera de juego posicional, pero el gol valía. Aquellos años no existía el VAR, pero digo yo que el tanto valió y punto...

    Empecé a saltar sobre R.R. Sin contar con Oba y Temur, puesto que su cultura hacía que tuvieran un pene mucho mayor al de un caucásico u occidental, he de decir que la polla de R.R era la más gorda que había probado hasta entonces. Sus venas, como ya te he dicho, eran exageradamente gruesas, a lo que ya, de por sí, me parecía un rabo gordísimo. No era grande, pero su grosor me hacía ver la bandera blaugrana, la española y cantar el hala Madrid si me lo pidiera en ese momento (solo en ese momento, que quede claro. Un buen grosor es un buen grosor, ¡palabras mayores!

    RR me tapó la boca porque era incapaz de controlar mis quejidos. Debía de sonar como una cría que pide auxilio pero de goce desmedido. Saltaba sobre su polla como una auténtica enfermiza, desatada, ¡poseída!

    Poco después fue él quien gritó escandalosamente. Sus ojos viraron mientras boqueaba con asfixia, con la cara completamente roja y unas venas a los lados del cuello tan gruesas como las de su pene, el mismo que, dentro de mí, se movía descontrolado como una manguera sin sujeción que suelta chorros hasta vaciarse. Sus piernas flojeaban y tenía miedo de caer al suelo, pero no. La calidez de su aliento golpeaba mis tetas como repetidas bocanadas de vaho. Si no fuera porque tenía que regresar a los vestuarios se habría quedado dormidito entre ellas.

    Los dos equipos habían disputado un bonito encuentro; el mío y el de R.R fue mucho mejor. Breve pero intenso.

    Para ser portero, he de decir que no la mete nada mal (si llegan a escucharlo mis hijas...).

    No había vuelto a tener sexo con ningún chico desde que Oba me rompió el corazón, así que agradecí muy mucho ese pequeño pero grato encuentro con R.R en nuestro escondite.

    Trini esperaba impaciente junto a las niñas y él tenía que regresar a los vestuarios.

    —Encantado, Jezabel —Me besó y abrazó cariñosamente.

    —Igualmente, rey —añadí—. Gracias. Ha sido un placer, y de verdad. —Sonreí.

    Volví a sentirme respetada una vez más. Había sido sexo, sí, solo sexo, pero para él no fui un simple trozo de carne. Su despedida demostró que era un auténtico caballero, y si me lee ahora, espero que le vaya todo bien, y que sea muy feliz.



                                                                            6



Mientras subía las escaleras de la grada veía a Iris intentando montarse encima de su hermana Lily; Luna saltaba gritando. Me detuve para mirar en derredor. No veía a Trini por ninguna parte.

    —¡Caballito, caballito! —gritaba Iris.

    —Se ha caído dos veces, mami —me dijo Luna.

    —Estate quieta, Iris —intervine—. Vais a haceros daño.

    —¡Hala, mamá, la camiseta del portero! —gritó Lilian.

    —Sí, cariño, es para Trini. ¿Dónde está? —Las niñas negaron con la cabeza. Volví a mirar en todas las direcciones posibles, pero no la veía. El público abandonaba la grada, y prácticamente no quedábamos más que nosotras y cuatro o cinco personas más—. Estará en el servicio... ¿Te ha dicho si iba al baño, cariño? —le pregunté a Luna.

    —¡Caballito, caballito! —gritó Iris.

    —¡Que te estés quieta, Iris! —grité. La separé de su hermana y la agarré de la mano.

    —No ha dicho nada, mami —me explicó Luna—. Se fue.

    —¿Cómo va a marcharse y dejaros aquí solas? No puede ser. A ver si le ha ocurrido algo.

    Saqué el móvil y marqué su número. Daba tono pero no cogía.

    —Luego en casita jugamos al caballito —Escuché susurrar a Lily.

    Llevaba como seis tonos, pero Trini no cogía. Al séptimo u octavo lo cogió.

    —¡Trini! Tía, ¿dón...?

    —No puedo hablar, Jeza —me interrumpió—. Ya hablaremos.

    Colgó.

    Debí de quedarme con cara de estúpida, pensativa. No entendía nada.

    —¿Está en el baño, mami? —me preguntó Luna—. ¿Mami?

    —¿Eh? —respondí aturdida—. Ah, no, no, cariño. Ha tenido que irse, así que vámonos para casa.

    Era incapaz de comprenderlo. Se fue, y en la llamada parecía completamente tranquila, sin sobresalto. No había ocurrido nada urgente, pero dejó a las niñas solas.

    —Luego te toca a ti ser el caballito —le dijo Lilian a Iris camino de la parada de autobús.



                                                                            7



Unos días después, y tras varios intentos sin lograr hablar con Trini, conseguí contactar con ella.

    —¿Puedo saber qué te pasa? —le pregunté, sin anestesia. Había dejado solas a mis hijas cuando fui a pedir la camiseta que debería haber pedido ella. No tenía el coño para fiestas.

    —Mira, Jezabel, déjalo —respondió.

    —¡Que deje el qué! ¿Qué tengo que dejar? —Seguía sin entender nada—. ¡No entiendo!

    —Que... —Hizo una pausa—, que no... No quiero continuar con nuestra amistad. —Mi cara debió relajarse, cambiar de tensa a un rostro abatido. Sentí un dolor punzante en el pecho—. Los del grupo y yo estamos cansados de ti. Lo siento.

    Colgó.

    Sé que mis ojos empezaron a llenarse de lágrimas puesto que veía los números del teléfono por triplicado. No me lo esperaba, desde luego que no. Estaba dolida, pero al mismo tiempo en una nube ajena al mundo real. Necesitaba que me pellizcaran para regresar.

    —¡Mami, mami! —gritó Lily—. V3 se ha hecho caca en la cocina.

    —Vo... voy —respondí en dos tiempos, con la vista perdida—. Voy, cariño. Ya voy.

    Me enjugué las lágrimas. En la mesa del salón, dentro de una bolsa, la camiseta de R.R esperaba ser objeto de reliquia en casa de Trini. Me la quedé yo. Tengo su camiseta y un recuerdo aún mejor, ya que nueve meses después de tener sexo con él nació Alejandra, mi séptima hija. Su padre no volvió a jugar nunca más como portero. Hizo la sustitución ese día, y hasta ahí. Desapareció (se lo tragó la tierra) pero mi hija está aquí, presente. Vino al mundo en una temporada muy oscura para mí (demasiado). Ataques de pánico, ansiedad desmedida, abuso de fármacos como única ayuda dentro de un pozo sin superficie para intentar boquear... No dejaba de tener veinte años, y cuando parecía que todo estaba bien, que me recuperaba y por fin vivía, ¡zas! Otro golpe. El último el de Trini, dolor que hoy en día perdura cada vez que lo recuerdo...

    Cuando nació Alex seguía siendo una niña, una igual que las siete que tenía hasta el momento. Con esto no quiero decir que ella sea mi preferida o de la que más me acuerde, ni mucho menos. Ya te comenté, y seguiré haciéndolo, que todas mis hijas son importantes por igual (si eres madre o padre lo entenderás perfectamente), solo que ella nació en un momento muy delicado. Estaba mal pero tenía siete responsabilidades a mi cargo bajo un San Benito de "Mala Madre". 

    Alejandra no fue buena estudiante, la verdad. Sacó la E. S. O, y con mucho esfuerzo. El último año me vi en la obligación de contratar a una profesora para que viniera a casa y le diera clases particulares.

    Funcionó.

    Estaba más pendiente del deporte que de los estudios. Llevaba razón puesto que siguió lo que le decía su interior, el camino recto del que he hablado hace unos instantes. Apostó, se la jugó y ganó; sí, pero una adolescente nunca debe abandonar los estudios, y menos cometer los errores que cometí yo. Organizándose bien hay tiempo para todo.

    Alex es —nada más y nada menos (redoble)— ¡la portera del F. C Barcelona femenino!, y tiene mucho mérito no solo por ganarse el puesto, sino por su lucha constante para hacerse un hueco en el deporte siendo mujer. De pequeña tenía que jugar con los niños porque no existía fútbol de chicas. Compartía equipo con ellos, y hasta vestuario en según qué ocasiones, y eso no podía ser. Gracias a Dios, hoy en día eso ya no ocurre. Juega con chicas, está contentísima y yo muy orgullosa de ella (aunque no haya estudiado más).

    Te quiero infinito, cariño.

    Su sueño es defender la portería de la Selección española de fútbol femenino. Conociéndola como la conozco, estoy segura de que lo conseguirá.




                                       Dedicado con cariño a las jugadoras del F.C. Barcelona femenino.


                                                                                        Jezabel Losada















domingo, 5 de octubre de 2025

Las hijas de Jezabel: Capítulo 6- Nala (+18)

 

1

 

La tarde caía como vencida ante la inminente y temida tormenta. Parecía arrojar la toalla, gritar "me rindo, tú ganas" cuando no eran más que las 20:00h y, en condiciones normales durante ese mes de verano, quedarían dos horas para que la Luna brillara en lo alto del cielo. Las nubes se antojaban negruzcas, como si por el ambiente, en vez de oxígeno, se respirara gas mortífero. Cada una de ellas se mostraba al mundo como una captura detenida en el tiempo, humeante, tóxica y negativa. Hacía toser solo de imaginar que portaban el poder de la muerte. La negrura abrazaba al cielo como un abstracto reguero de maldad; se lo comía mientras la luz pedía auxilio a gritos silenciados por la atmósfera, y nadie lo escuchaba porque ningún ser humano le presta atención al ruido que hace el silencio. Las nubes se defendían del mal como insectos pisoteados que, medio muertos, sufren y patalean sin emitir ni un triste susurro. La agonía es visible pero no se escucha, no se siente, solo se ignora porque es ajena y no me toca a mí.

Un rayo partió el cielo por medio de un fogonazo poderoso a la vista. Acto seguido, con apenas un margen de cinco segundos y sin pedir permiso, un tronido acaparó toda la atención tras inmolarse y reventar en mitad de lo alto. Lo hizo vibrando y repercutiendo en fuerza, igual que una traca de fuegos artificiales convertidos en cohetes explosivos. Las víctimas, esas nubes indefensas a las que robaron el blanco inmaculado de su bondad, lloraban completamente abatidas por medio de su tristeza y redención, en forma de lánguidas gotitas de agua que, con el paso de los segundos, crecían en tamaño hasta sollozar en conjunto y dar forma y sonido a un fuerte chaparrón.

Como bien he comentado, el sufrimiento climático me importaba lo mismo que lo que sufrieran los demás no siendo yo la perjudicada. Tenía doce años, viajaba en un coche robado junto a un chaval de dieciséis que conducía ilegalmente y, lo único que solté en ese instante, fue un: "¡Mierda!" cuando vi y sentí cómo las gotas de lluvia se colaban por la ventanilla salpicando con fuerza. La llevaba abierta y el brazo derecho por fuera, en cuyos dedos de la mano, un peta de marihuana bien cargado dejaba la estela de una estrella fugaz mientras perdía chispitas en un viaje a más de 160km/h. Me quejé cuando tuve que guardar el brazo por culpa de la lluvia. Los goterones caían con la misma fuerza que si fueran pelotas de granizo.

—¡La puta Virgen! —rezongó Cristian, el muchacho que conducía con un ojo en la carretera y el otro en mi cuerpo; con una mano en el volante y la otra en mi seno izquierdo. Lo llevaba fuera como una madre a punto de dar de mamar a su bebé. En este caso, antes de que terminara la tormenta, se la mamaría a él—. ¡Cómo se está poniendo!

—Y cómo te estás poniendo tú... —comenté mientras mi mano izquierda le agarraba el paquete. Era un niño, más mayor que yo, sí, pero un niño de dieciséis años recién salido del centro de menores (yo recién salida sexualmente) y al que le quedaba muy poco para regresar a él. Digo que era un niño porque nada más tocársela se le puso gorda y dura. Notaba cómo un revoltoso pedazo de carne crecía y vibraba entre mis dedos. Se la acariciaba por encima del pantalón y respondía con sacudidas intermitentes.

—Joder, nena. —Pisó a fondo por instinto. Marcaba 180km/h, pero eso no era nada en comparación de cómo estaba Cristian. Se la saqué mientras daba un tiro al canuto. La papela crepitaba al quemarse dejando buena parte de ceniza en el extremo. La polla de Cristian hizo lo mismo cuando se la descapullé del todo por medio de un tirón suave. Una gotita transparente e inexperta escurría por su rabo como si fuera Loctite (y algo pegajosa sí que era). Eché un largo trago de cerveza, tiré la botella al suelo y, tras eructar a gusto, empecé a darle esto último a mi acompañante. Nada más colocar mis labios en su pene erecto se estremeció asustado. Sentí que daba volantazos de un lado a otro con muy poco control. Ambos teníamos las pupilas tan dilatadas que prácticamente ocupaban todo el iris. Escupía a su polla y la chuperreteaba como si tuviera entre mis manos la dureza de un Calippo de hielo que, al contacto con mi saliva, escurría goterones de placer líquido.

Detuvo el vehículo.

—¡Que me corro, tía! ¡QUE ME CORRO!

Mi boca se llenaba de esperma, y era como tener yogur bebible pero caliente. Su gran cantidad y rapidez también era por culpa de ser un niño, y uno que volvía a estar con una chica después de casi un año encerrado.
Sus quejidos de placer se intensificaban mientras se corría, al igual que su voz, que iba de menos a más, y eso sí que era raro, sobre todo por el tono hosco y varonil. Era como si hasta la propia polla se hubiera hecho más grande de un momento a otro.

Escupí el semen y levanté la cabeza.

—Bonita barbilla grumosa. Eres una mala madre, pero la chupas bien rico. —Rio, y lo hizo descaradamente. Solté su polla como si fuese algo que me quemara entre los dedos. Automáticamente empecé a limpiarme la boca con las dos manos, con tanta rapidez que hasta me zurcía. No podía dejar de mirarlo y al mismo tiempo deseaba no hacerlo. No era Cristian, sino mi padre. El muchacho de dieciséis años había desaparecido; quien estaba a mi lado era mi progenitor, el mismo al que acababa de hacer una felación y su orgasmo ocupaba buena parte de mi boca.

¡¡No puede ser!! ¡No es real!

Seguía tronchándose de risa.

—Lo haces muy bien, cariño. Venga, pórtate bien con papá.

—¡¡¡NO ERES REAAAAL!!! —vociferé a lágrima viva.
El llanto de un bebé acalló mi sollozo, pero no el ajetreo de mi respiración; por el contrario, se aceleró más. Incapaz de controlar el impulso de mi cabeza, tiritando como si estuviera expuesta al frío invernal, miraba tragando saliva en dirección al sonido. Los warning sonaban como telón de fondo y mi cuello intermitente parecía ser el verdadero causante con movimientos al compás. Deseando taparme la cara por todos los medios, pero sin poder hacerlo puesto que algo me lo impedía, mis ojos se abrieron como platos cuando vieron a mamá con Luna en brazos.

—No... Tú no... —No podía articular palabra—. Tutú-tú... ¡Tú no has nacido todavía! —grité.

—Eres una niña muy guarra y desobediente, Jezabel —me dijo mi madre. Luna, una bebé recién nacida, asentía con la cabeza—. Se la has chupado a tu propio padre.

—¡¡QUE NO!! —grité totalmente desesperada—. ¡No existís! ¡¡ES UNA PESADILLA!!

—No hagas caso y juega con papá. —Mi padre se sostenía el pene apremiándome a que repitiera lo anterior—. Despreocúpate de todo y chúpasela a papá.

La radio se encendió. La melodía del cumpleaños feliz entró por mis agudizados oídos hasta el punto de aterirme y sobrecogerme. Miré a mis padres y a Luna, pero de arriba abajo, parpadeando incesantemente para apartar de mí tan terrible pesadilla. Sus cabezas eran globos, ¡globos de cumpleaños! Cada uno de un color distinto, y hablaban, ¡lo juro! Reían y me acusaban con dedos inquisidores. Al fondo, en los asientos de atrás, pequeños globitos levitaban despaciosamente. Eran mis hijas, ¡todas al completo! Sin embargo, al igual que ocurría con mis padres y con Luna, sus cabezas eran globos, no carne y hueso.

—¡¡Feliz cumpleaños, mala madre!! —gritaron al unísono antes de que sus cabezas reventaran en partículas de goma.

Grité escandalizada.
Sudando copiosamente, miré en derredor y vi que era mi dormitorio, que estaba en mi hogar de «Arroyo lo recomienda», de noche, con todo en calma y V3 y Sherezade a mi lado en sus cunitas.

—Joder… —me quejé con las manos en el pecho. Seguía viva gracias a que el corazón se hacía notar sin descanso.

Había sido una pesadilla, solo eso.

 

2

 

Mes y medio después de dar a luz a V3 cumplí dieciocho años, lo que quería decir que, oficialmente, ya era mayor de edad. Creo que lo fui mucho antes, puesto que la mayoría de edad no es más que un dato, una ley o norma elaborada donde en un principio había que tener veinte años, no dieciocho, por lo tanto, es muy relativo. Según pienso, empecé a ser mayor de edad una vez que ejercí de madre. Si restamos los dos primeros años, donde ya tenía a Luna y a Lilian pero seguía por ahí, drogada, mamada y mamando a tíos sin prestar casi ninguna atención a las niñas, entonces, me veo obligada a avanzar hasta los quince, donde una vez que di a luz a Iris y empecé a centrarme un poco, adopté el rol de madre y de mayor de edad (por igual). Aun así, legalmente eran dieciocho años y estos no se cumplen todos los días.

Tenía que celebrarlo.

Compré docenas de globos (de verdad, no globos de pesadilla) de todos los colores, gorritos de cartón para las niñas, confeti, serpentinas, matasuegras y dos tartas: una de trufa con nata para las peques y otra de yema para mí. Sostenía esta última como si fuera el objeto más preciado que pudiera tener en esos instantes, como si se tratara de alguna de mis hijas y, aferrada a él, prefiriese que me amputaran los brazos antes que soltarlo

(no podía).

La tarta de yema era la favorita de mamá, y aunque fuese de forma simbólica, para mí era como tenerla de vuelta. Mis dedos sostenían los dieciséis años que pasé junto a ella, sus caricias, sus reproches, las veces que me defendió y las que me riñó, sus sonrisas y sus enfados... No estaría para felicitarme, tirarme de las orejas ni darme su regalo de cumpleaños. En ese momento tenía cinco hijas maravillosas por las que daría la vida sin pensarlo,

cuando fuera, en cualquier momento.

mi familia, mi descendencia, las niñas de mis ojos y la razón por la cual seguía y sigo viviendo, pero una madre es una madre, y lo será siempre.

Te echo de menos, mamá... Y a papá también, dije para mis adentros, incapaz de contener las lágrimas.

—¡Mami! —gritó Luna corriendo hacia mí. Me enjugué las lágrimas antes de darme la vuelta y fingir una amplia sonrisa para agacharme y recibirla con los brazos abiertos.

—Cariño mío... —La abracé—. Qué dice mi chiquitina, ¿eh? —Le di como tres o cuatro besos seguidos y bastante sonoros—. Ya eres toda una moza a punto de empezar el cole. —Le faltaba menos de quince días para iniciar su primer curso en la escuela. En las manitas traía a Barbie Baywatch vestida con su bañador rojo de socorrista. Días antes le ayudé a recogerle el cabello con una gomita elástica que le hice cortando la boquilla de un globo de agua.

—¿Por qué lloras, mami? —me preguntó seria y apenada—. ¿Es porque tú también quieres ir al cole? —Sonreí. Tenía que disimular, y lo mejor para que los niños se olviden de ello es una buena sonrisa: alegra todo mientras la carcajada lo cura.

—¿Mamá llorar? —respondí con otra pregunta, actuando —. Las mamás no lloramos, mi amor. —La besé en la frente —. Es alergia, cariño. Con la alergia lloran los ojitos y se ponen tan rojos como el bañador de Barbie. —Toqué la puntita de su nariz antes de darle un mordisco en ella que le hizo reír mucho.

—Barbie quiere estar en tu fiesta de cumpleaños. —Me golpeó con ella sin intención. La melena de la muñeca azotó mi rostro cuando Luna la movió.

—Y... —Hice una pausa para sacarme un pelo rubio de la boca—, ¿cómo lo ves? —le pregunté—. ¿Dejamos que venga?

La peque asintió con la cabeza antes de decir:

—Pero dice que no le gusta la tarta.

—No pasa nada, cariño. Le damos otra cosa —Lo arreglé—. ¿Qué le gusta a tu Barbie?

—Se lo pregunto. —Lo hizo. Habló con la muñeca y después se la colocó en el oído esperando su respuesta—. Dice que..., ¡que quiere croquetas!

—Ya... —La miré frunciendo el ceño, pero sonriente—. Y... Supongo que las quiere de pollo, ¿verdad? —La peque asintió con la cabeza —. Y..., ¿también con trocitos de huevo? —Volvió a asentir—. Claro... —Me incorporé—. Tu Barbie es muy lista: le gustan tus croquetas favoritas.

—¿Le darás una croquetita, mami? —La cara que tenía era para comérsela a ella, no a la croqueta. Sacó el labio inferior con el rostro apenado y las manitas juntas en gesto de súplica. La Barbie era el interior de un sándwich emparedado por las manos de mi hija—. Porfi, porfi…  

—Si me das un abrazo le daré todas las croquetas que quiera.

—¡Síiiii! —Luna me abrazó con ímpetu. Era lo que necesitaba en ese instante, y lo obtuve sin que se diera cuenta del bien que me hacía. Abrazarla fue como si soltaran la soga que oprimía mi garganta. Mis hijas eran el mejor regalo de cumpleaños que podía tener

(y de vida).

—Corre a jugar con las tatas, cariño, enseguida os aviso y empezamos la fiesta.

Abrí la tarta de yema y le coloqué dos velas con un 1 y un 8 de color rosa. Mientras las encendía recordaba a mis padres, a mis hermanos, a mis amigos... A los que no estaban y se habían olvidado de mí.

Miré el teléfono móvil: cero mensajes y cero llamadas perdidas. El fijo no sonaba ni sonó en todo el día.

—Feliz cumpleaños, Jezabel —me dije antes de soplar las velas y enjugarme las lágrimas de nuevo para que no las vieran mis hijas.

 

3

 

Era 20 de diciembre, y poco antes del mediodía sonó el teléfono (el fijo, y porque debieron encontrarme en las páginas amarillas). Llamaban desde el colegio de las niñas. Según me dijo el director, preparando la visita de los Reyes Magos, un niño le había dicho a Luna que estos son los padres, y que ella no recibiría ningún regalo porque no tenía papá. Mi hija, entre lágrimas de rabia, cogió uno de sus lápices de colores y se lo clavó en la mano. Los piercings aún no estaban muy de moda, pero la niña le perforó la palma de lado a lado como si pretendiera hacerle uno (si llega a intentarlo a posta no le habría salido). Los dos tenían cinco añitos, y desde ese momento, la misma cantidad de orificios en el cuerpo...

—Luna, cariño, ¿por qué has hecho eso? —le pregunté. La recuerdo con la cabeza gacha, intentando esconder tanto la cara que solo veía dos trenzas sujetas por gomas de Minnie Mouse. No se me olvida porque fueron sus favoritas durante muchos años. Un plumas, rosa e hinchado, la protegía del frío cuando parecía habérsela comido. Era Luna Michelín—. Eso está muy feo. No lo hagas nunca más, Luna, ¿me oyes? —No me respondía. Cabizbaja, a punto de romper a llorar, se movía de un lado a otro haciendo puchero—. Luna, te estoy hablando, mi amor. —Levantó la cabeza. Sus ojos llorosos me observaban con miedo y pena al mismo tiempo. Vicky dormía en su cochecito de bebé mientras regañaba a su hermana en la puerta del colegio.

—Es que Jaimito me dijo que los Reyes Magos no existen —empezó a decirme con la voz tomada. Le enjugaba las lágrimas que salían por sus ojos mientras me lo contaba—, y que para mí no habrá regalos porque no tengo papá. —Rompió a llorar.

—Ven, mi vida. —La cogí en brazos. Se me partía el alma, pero lo que había hecho no podía repetirse—. No hagas caso, ¿vale? —Le di varios besos seguidos, los últimos con pedorreta. A ella le encantaban, sobre todo en la tripita, pero en esos instantes no quería besos de ningún tipo—. Claro que existen los Reyes Magos, y os traerán regalos a tus hermanas y a ti, como a todos los niños del mundo.

—Pero... —Me agarró del cabello mientras la sostenía en brazos. Le gustaba jugar con mis mechas rubias, pero a partir de los seis años perdió interés—, ¿por qué no tenemos papá, mami? —Como bien sabes, por aquel entonces tenía cinco hijas. Luna con cuatro años y Lilian con tres; Iris tenía dos, Sherezade uno y medio y a V3 le quedaba poco para cumplir seis meses; pero a pesar de haber dado a luz en tantas ocasiones, aún no me había preparado nada para salir del paso ante una pregunta como esa. Ninguna tenía padre. Bueno, tenerlo lo tenían (o eso creo), solo que en paradero desconocido.

Sentía una mezcla de hormigueo y angustia dando vueltas en derredor entre la espalda y el estómago. Parecía que mi miedo pedía a gritos ser el nuevo movimiento de rotación, en este caso, girando alrededor de Luna, no del Sol. Era incapaz de articular palabra, pero tenía que salir del paso como fuera, inventar cualquier excusa.

—¡Claro que tenéis papá! —espeté. Mis orondos mofletes parecían encogerse como si el resto de los años solo hubieran sido una mala inflamación y ahora regresaran a su tamaño habitual—, se llama Noel, y os traerá regalos antes que los Reyes Magos. —Fue lo primero que me vino a la cabeza.

—Y..., ¿me traerá todo lo que le pida? —El llanto de Luna desapareció. Me miraba de frente; esperaba una respuesta con cara de impaciencia—. ¿Todo todo todo? —añadió.

—Todo lo que pueda —respondí—. No eres tú sola, mi amor, también están las tatas y un montón de niños más.

—Le pediré un novio para mi mamá... —Volvió a dejarme sin palabras. Había tenido varios rollos con chicos, siempre sexo sin compromiso, pero nunca novio. De la misma forma que no me había planteado la respuesta a “por qué no tenían papá”, tampoco me había preocupado de tener pareja. Hasta ese instante, no.

—¡Mamitaaaa! —Miré en dirección a la voz y vi a la pequeña Lilian corriendo hacia mí (salvada por la campana). Le había hecho una coleta alta anudada a un pompón y se sacudía al compás de sus ligeros saltitos. Dejé a Luna en el suelo y cogí en brazos a la pequeña pelirroja.

—¿Cómo está mi pequeñina? ¡Que te como! —La besé de la misma forma que había besado a Luna, pero Lily tenía prisa por enseñarme algo. Casi me saca un ojo con la bola de un Chupa Chups en cuyo palo, una gominola envuelta en papel de caramelo esperaba con ansia liberarse de la tira de celo que la sujetaba—. ¡Andaaa! Y, ¿esto?

—Me lo ha dado un rey —me dijo.

—¿Un rey? —pregunté sorprendida. Sabía perfectamente que los niños de prescolar y de primaria recibirían la visita de los Reyes Magos, pero no tan pronto. Lilian asintió con la cabeza.

—¡Halaaa, yo también quiero, mami! —protestó Luna.

—También te lo darán, cariño —le dije para tranquilizarla.

—El rey es así de grande —continuó Lilian abriendo los brazos todo lo que podía.

—¿Tanto? —pregunté como sorprendida para seguirle la corriente. Asintió con la cabeza y después me dijo:

—Y tiene la cara de chocolate.

—¿Por qué tiene la cara así, mami? —me preguntó Luna—. Quiero ver al rey de chocolate. —Cogió el paquete de toallitas húmedas que llevaba en el cochecito de V3.

—No tiene cara de chocolate —las expliqué a las dos. Enseguida me di cuenta de que Lily hablaba del Baltasar—, su color de piel es así. Es un rey mago de Oriente, y allí tienen la piel más oscura.

—¿Como Sherezade? —preguntó Luna una vez más. Abrió el paquete y sacó una toallita.

—Más oscura.

—Quiero verlo —insistió Luna.

—Ahora vamos, cariño, espera—. Primero tenemos que entrar en la guardería para recoger a las tatas. —Iris y Sherezade estaban allí.  

—Perdona, ¿eres la mamá de Iris y Sherezade Losada? —me preguntó una chica jovencita, pero no tanto como yo. Tendría unos veinticinco años. Llevaba el cabello muy tirante, recogido en una cola de caballo que resaltaba perfectamente su raya al medio entre ese tono moreno-azulado tan reluciente. Vestía bata blanca (como la de los médicos), y me hizo saber que era la cuidadora de la guardería.

—Sí, soy yo —respondí algo asustada—. ¿Les ha ocurrido algo? —Mi acelerado corazón debía vibrar en el cuerpecito de Lilian.

—No, no-no, qué va. —Suspiré—. Quería pedirte permiso para ver si pueden quedarse en el centro hasta esta tarde. Han venido los Reyes Magos y van a repartir caramelos.

—A mí me lo ha dado el rey de chocolate —interrumpió Lilian mostrando el Chupa Chups.

—Que no es un rey de chocolate, cariño —reprendí—. No vuelvas a llamarlo así, ni a él ni a ninguna persona que tenga la piel oscura, ¿vale? Ni tú tampoco, Luna. —La aludida se mordía los labios mientras jugaba con una bola de entre seis a ocho toallitas—. No saques más —ordené—. Son para limpiar a tu hermana. Luna, de verdad, hoy no puedo contigo… Estás muy nerviosa.

»Perdóname —le dije a la cuidadora.

—Nada, tranquila.

—Por supuesto que pueden quedarse —continué—. ¿Sobre qué hora será?

—A eso de las 17:00, aquí, en el gimnasio —me explicó—. De momento solo han visto a los niños de párvulos por tratarse de un grupo menor, pero esta tarde lo harán con los de primaria.  

—¡Me dará regalos a mí, mami! —espetó Luna.

—Sí, cariño —aseguré—. ¿Los padres podemos estar presentes? —pregunté a la cuidadora.

—Por supuesto —contestó—. Tú y tu... —Hizo una pausa— ¿Novio, quizá? Eres muy jovencita y no creo que estés casada aún. —Sonrió.

—No, no… —Yo también hice una pausa—, no tengo novio. Vendré sola.

—Perdón —se disculpó algo ruborizada—. Nos vemos luego entonces.

—¡Claro! —respondí—. Hasta esta tarde, ¡y gracias!

Mientras la cuidadora regresaba al aula sentí tirones en la pernera derecha del pantalón. Bajé la vista y vi a Luna con la cara entristecida.

—¿Lo ves, mami? —empezó a decirme—. Luego le pido un novio para ti al rey de chocolate...

 

4

 

 

Las 16:30 en diciembre son como las 20:30 en verano: hora y media más y el Sol se retira a descansar. La tarde de la visita de los Reyes Magos dejé a V3 con la canguro y salí de casa lo más abrigada posible. El cielo parecía envuelto entre una capa cenicienta, lo que le daba aire (y nunca mejor dicho) de contaminación; en el ambiente, luchadores de esgrima abstractos blandían sus espadas para que mi rostro sintiera el frío cortante azuzar mis mejillas, como si dichos combatientes me rajaran la piel en cada uno de sus movimientos. Aún no había nevado, pero podía respirar hielo acechando en mi camino. En los tejados de las casas, lucecitas navideñas denotaban su ansia por centellear en la oscuridad como diciendo: "Sol, vete ya. Que salga Luna". Luna, sí, la que más me preocupaba de mis cinco hijas. Temía que soltara alguna de las suyas en mitad de la visita y me dejara a cuadros, y mira que hoy en día, como bien te dije en su presentación, es casi una segunda madre para sus hermanas, pero en sus primeros años de vida soltaba patadas verbales sin saber si mataba o hería.

Llegué al colegio. La visita de los reyes era en el gimnasio, un recinto estilo polideportivo de barrio y la fachada decorada con adornos navideños, confeti y un Belén en la entrada al que protegía una cristalera de metacrilato. Era una preciosura, realmente maravilloso. Una podía pasarse horas contemplándolo sin que la vista se cansara. La única pega era que al castillo de Herodes lo sustituía una caja de galletas María. Ser la Fontaneda en vez de la Fortaleza quedaba bastante cutre, pero aun así, era bien hermoso.

—¡Mamiii! —Luna vino corriendo hacia mí. Me agaché para abrazarla.

—Hola, mi amor. ¿Estás contenta? —Asintió con la cabeza antes de decir:

—Tengo muchas ganas de ver al rey de chocolate.

—¡Que no le llames así, Luna! —Me enfadé. Si hay algo en esta vida que me molesta sobremanera, es repetir algo, sobre todo cuando ese algo es serio y despectivo. Si una criatura no aprende a diferenciar lo positivo de lo negativo, lo correcto e incorrecto en la niñez, de adulta será imposible corregir sus errores, y lo dice la que por aquel entonces ejercía de madre adulta siendo aún adolescente por culpa de haberse torcido (y agachado, pero no me hagas explicarlo porque ya lo sabes…)—. ¡Ya está bien! ¿Me oyes, Luna? —Me miraba compungida—. Si te escucho decir eso tan feo una vez más, nos vamos para casa y te quedas sin ver a los reyes. —Su carita de pena podía conmigo, pero era necesario que lo entendiera. Ese día no podía con ella—. Venga, mi amor. Dame la manita y vamos con los demás niños.

Entramos.

Parecía el primer día de curso, cuando los peques, en fila india, esperan a que el tutor o la tutora salga a buscarlos. Esa tarde en el gimnasio era muy similar. Al fondo, bajo las espalderas, tres hombres sentados en sus tronos representaban a los Reyes Magos: Melchor, Gaspar y el tal aclamado Baltasar. Las peques lo mencionaban constantemente porque su color de piel era algo ignoto para ellas. Todavía no habían visto a ninguna persona de piel oscura, sin embargo, a mí me llamó la atención todo de él.

¡¡Jesús!!, me dije, y no porque estuviera el niño Jesús en el pesebre, sino porque yo también quería sentarme encima de él como los demás niños.

¡Para, Jezabel! Está con tu hija de cuatro años. No hay hombres, no hay disfrute, ¿vale? Mira al angelito del techo. ¿Lo ves? Los ángeles no tienen sexo, y tú tampoco. ¡No te desvíes!

Lo intentaba, pero… ¡¡Es que era guapísimo!! Tenía unos ojos tan bonitos que me daba apuro mirarlos, y su cara, y su…

¡¡Jezabel!!

—¿A quién tenemos aquí? —preguntó al ver a Luna. Obviamente quiso por todos los medios ponerse en la fila recta de Baltasar (y yo que se pusiera recto conmigo)—. ¿Cómo te llamas?

¡Qué acento!, ¡qué voz!, que… ¡Santo Dios, Santo fuerte y Santo inmortal!

—Luna —respondió ruborizada (como yo). Estaba muy nerviosa (igual que yo), y aún se puso más cuando el rey la sentó en su muslo (lo que quería yo). La niña, muy vergonzosa, le esquivaba con sonrisa tonta.

—Luna, ¿eh? Por lo que veo, la hija de un Sol... —Me solté el cabello y lo llevé a la cara mientras agachaba la cabeza y cruzaba las piernas (sabes que una vez que hacía eso terminaba con ellas abiertas de par en par). Levanté la vista copiando el gesto de mi primogénita cuando la reñí por llamarlo rey de chocolate, entonces vi que sus ojos, refulgentes en deseo, parecían devorarme. La niña solo era el cebo, una excusa. Baltasar me quería a mí como regalo, no regalar nada. Había feeling, la chispa crepitaba en fuego ardiente, y me moría de deseo y de vergüenza—. ¿Has sido buena? —Luna asentía sin mirarlo. Reía—. ¿¿Síiiii? Entonces... —Metió la mano en la caja que tenía bajo él y sacó un regalo—. Aquí tienes: tu rey de chocolate. —La niña me miró. Sentía que las partes de mi cara se caían como piezas de Tetris. No sabía dónde meterme. Tanto reprender su actitud y él lo había echado todo por tierra—. ¿Qué regalo quieres pedirme? Cuéntame —prosiguió.

—Quiero... —Luna me miraba muy nerviosa. Conocía su sonrisa, esa que, hasta que empezó a tener uso de razón, era un malévolo esbozo. Negué con la cabeza mientras en mis ojos podía leerse un: “Ni se te ocurra, Luna. ¡Ni se te ocurra!” —. Quiero… —Su pausa era mortal. Se me salía el corazón por culpa de la impaciencia—, ¡quiero un novio para mí mamá! —Lo soltó. Lo de mejor fuera que dentro no siempre es buena idea. Me cubrí el rostro con el cabello por segunda vez. No sabía dónde meterme, solo rogaba que mi hija quedara huérfana porque deseaba morirme allí mismo.

La madre que te parió…, repetí varias veces para mí misma, aunque creo que llegué a mascullar y susurrarlo.   

—Entonces... Le daremos un novio a tu mamá, claro que sí. —Una vez más, copiando el gesto de mi hija ante mi reproche, levanté la vista despaciosamente. Baltasar me miraba sonriendo. Reaccioné agachando la cabeza, pero acto seguido lo miré de nuevo.

No había vuelta atrás.

 

 

5

 

 

En cuanto Oba (que así se llamaba la preciosidad que hacía de Baltasar) terminó de repartir los regalos, nos vimos en el baño del gimnasio. Mis hijas jugaban con sus compañeros de clase bajo el cuidado de los profesores.

—Vengo a empezar el deseo de tu hija —me dijo acercándose a mí.

—¿Solo a empezarlo? —respondí, demasiado tímida para tratarse de mí una vez caliente. Mis pupilas debían flotar por unos iris iguales a balsas de aceite.

No sé a cuántas madres habría conquistado Oba, pero se le veía con una labia que no había visto jamás. Pensé que el padre de Sherezade era el número uno en conquista y zalamería, pero este le ganaba con creces (y en todos los sentidos, como puedes imaginar).

Cuando quise darme cuenta sus labios se habían juntado con los míos. El choque de ambos me supo delicioso, y así me lo hacía saber el interior de mi pecho. En el gimnasio sonaba El Tamborilero y en mi corazón parecía repercutir; quizá, yo misma tenía el tambor protagonista del villancico y estaba a punto de salirse de la caja torácica. Mis pezones erectos, tan duros que sentía aspereza bajo la camiseta sin sostén, simulaban estar alerta, activos pero sumisos ante los dedos que, a base de caricias aún más excitantes, Oba pasaba alrededor de mis senos con intención de juguetear y hacerme rabiar. Me quitó la camiseta, y al contrario que el resto de tíos con los que había estado, no se lanzó a comerme las tetas como un loco, sino que como acabo de decirte, pasaba las manos muy cerca de ellas, sumamente despacio, y cuando parecía estar a punto de tocármelas, apartaba los dedos para bajarlos lentamente por la tripa hasta casi casi rozar mi sexo, pero de nuevo, solo parecía rozarlo. Esa sensación rábica por necesidad me ponía cachondísima, completamente perraca.

El placer escurría por mi vagina caliente haciendo que la transparencia de mis bragas marcara los labios como si en vez de envueltos en algodón lo estuvieran en papel cebolla. Me las quité lo más rápidamente posible. Flexioné las piernas montando una sobre otra inconscientemente, pero las abrí enseguida cuando Oba me cogió en volandas para sentarme encima de los lavabos. Me estremecí al notar el frío del mármol, solo que el estremecimiento de sus labios comiéndome los del coño fue mayor.

¡¡Mucho más mayor!!

Mis dedos jugueteaban enroscándose en su cabello acaracolado mientras su lengua se retorcía y vibraba dentro de mí. La movía como un perrillo lameteando dentro de un cuenco de agua con muchísima sed.

—¡Joder, rey mago! —me quejé gustosamente. Era incapaz de estarme quieta, y menos aún cuando esa boca tan traviesa atrapó mi clítoris. Mi cuerpo se sacudió bruscamente como si algo bajo mis nalgas me hiciera saltar, pero no, era Oba succionando mi punto G —. ¡¡Oooh, DIOOOOS!! —Lo tenía en su boca, ¡literal! Sus labios lo aprisionaban como si tuviera una guinda entre ellos y tuviera que saborearla. Mis muslos inquietos se sacudían por encima de su cabeza; el interior de mi sexo parecía tener un vibrador en nivel máximo que me hacía convulsionar.    

Uno de sus dedos entró dentro de mí. Me tensé profiriendo gemidos. Lo movía a placer y este me lo daba de una forma indescriptible. Mis jadeos hacían juego con el sonido aguado de mi sexo humedecido; y ahí, cuando creí que mi vida sexual llegaba a su fin, y nada ni nadie podría satisfacerme mejor, viví lo que solo vuestra imaginación puede recrear. Mis palabras son insuficientes. Cuando Oba me penetró, las paredes de mi coño se abrazaron a su enorme miembro sin intención de soltarlo. Era demasiado grande y bastante grueso como para sentir dolor en un principio pero amor eterno poco después.

¡Algo así se necesita para toda la vida! ¡No la saques!  

Tuvo que taparme la boca porque vivía y sentía completa locura. Ambos jadeábamos sin que nuestras respiraciones fuesen capaces de sincronizarse. No se ponían de acuerdo: primero la suya, luego la mía, y así, mientras su enorme polla convertida en piedra entraba y salía de mi vagina chorreante. Veía colores. Las piernas me temblaban y todo me daba vueltas. Parecía irme del mundo, y no me importaba en absoluto. Mis oídos se agudizaron. Era capaz de escucharlo todo con una precisión difícil de explicar. Me asfixiaba, el aire repelía al cuerpo diciendo: "se acabó el suministro de oxígeno, desea la muerte. Te sabrá a gloria".

Y así fue.

Empecé a sacudirme compulsivamente encima de Oba mientras vivía la sensación más intensa y gratificante que había sentido en toda mi vida, mucho más intensa que la que viví junto a Temur. No podía respirar, ¡pero me importaba una mierda! ¡Estaba gozando! El planeta Tierra me pillaba lejos. Mi cuerpo estaba allí pero mi mente había viajado al Paraíso, al Jardín de las Delicias, y no quería regresar. Oba, instantes después, quiso acompañarme. Sentí vibrar su pene dentro de mí; escupía goce en intervalos descendentes, de más a menos, entre jadeos y locura desmedida.

—Quédate conmigo —le supliqué jadeando—. Termina el deseo de mi hija como buen rey mago, y sé mi novio y su papá.

Me besó antes de decirme que sí, que al día siguiente, cuando acabaran las clases, me acercara al colegio, que nos recogería a mí y a las niñas y nos llevaría a casa, de donde ya no se iría.


        No cabía dentro de mí. ¡¡Todo empezaba a funcionar!! Un hombre me quería, ¡me quería de verdad!, no solo para tener sexo. ¡Sentía verdadero interés en mí como mujer y como persona! Las peques tendrían un papá, formaríamos una familia y todo lo malo quedaría atrás, en una papelera de reciclaje que vaciaría al instante para enterrarlo del todo como pasado, ni presente ni futuro.

        ¡¡El deseo de Luna se hacía realidad!!

        Por primera vez en mi vida me sentía respetada.



                                                                        6



Así lo hice. A las 17:00 del día siguiente, como de costumbre, me acerqué al colegio, esperé a que salieran las niñas y nos acercamos al gimnasio. Los nervios podían conmigo porque por primera vez en mi vida un hombre sería algo más que sexo (o yo para él); había amor, la chispa nació a primera vista (estaba claro), y no era más que el inicio de una bonita relación.

    Al entrar, vi a la chica de la limpieza fregando el pasillo donde habían expuesto el Belén.

    —Está cerrado, ¿eh? —me dijo.

    —Perdón. —La disculpa salió por mi boca como si la hubiera vomitado—. Es que... Venía a... —No arrancaba, me era imposible, por vergüenza y porque algo dentro de mí, algo que me hablaba alto y claro sin tener voz, me lo decía todo cuando yo quería negarlo—. ¿Los reyes? —terminé por preguntar.

    —Llegas tarde. —Me respondió sin mirarme y sin dejar de fregar—. Escribe la carta, échala en el buzón y espera paciente hasta el seis de enero...

    Oba no estaba, ni él ni los otros dos Reyes Magos. Caí en la trampa como una estúpida, como la niña de dieciocho años recién cumplidos que era. Había pasado la noche más inquieta que recuerdo ahora mismo. Fui incapaz de pegar ojo por culpa de los nervios, y no me importó en absoluto porque al día siguiente iba a ver al hombre con el que compartiría mi vida.

    Me ilusioné, me dejé llevar y me la dio con queso.

    Soy una imbécil…

    Mi abuela decía que de ilusiones vive la tonta de los cojones, y tenía mucha razón.

    Oba me engañó y desapareció, pero mi hija (nuestra hija) está aquí presente.

    Siete meses y medio después de mi desilusión nació Nala, una bebé preciosa de piel morena y los mismos ojos que los del cabrón de su padre. Sí, fue prematura, la única hasta las que tenía entonces que quiso ver la luz antes de tiempo. Ahora, ya de mayor, bromea diciendo que su color de piel es así de oscuro porque la quemaron dentro de la incubadora…

      Con Sherezade fue todo mucho más fácil de puertas para fuera puesto que su tono de piel no destaca tanto, y hasta que no empezó a utilizar hiyab, pasó prácticamente desapercibida; con Nala fue difícil al principio, y no porque me importara lo más mínimo, sino por ella. Estaba acostumbrada a que en el barrio anterior me pusieran de puta para arriba, lo hicieron y lo harán siempre; no obstante, mis hijas son intocables, y el colegio fue durísimo para Nala. Me encargué en todo momento de que se sintiera arropada, querida por mí y por sus hermanas, que tardara en hacerse preguntas y que encontrara la mejor respuesta para el camino de la vida, el único importante; que jamás, jamás de los jamases, le robaran la ilusión.

       Y se lo tomó al pie de la letra (vaya que sí).

    Nala es ilusionista. Aún es muy jovencita, pero practica juegos de cartomagia en casa (es una de las que aún vive conmigo aunque pase más tiempo con su novio que con su madre. Normal, ¿no?). Con solo siete añitos, los Reyes Magos (con un Baltasar distinto a su padre) le trajeron una caja de magia con 150 trucos. Devoraba las instrucciones de cada efecto y repetía una y mil veces cada uno de ellos hasta marearnos a sus hermanas y a mí. Siempre me pedía juegos de magia para Navidad y por su cumpleaños, por eso tiene su dormitorio hasta arriba de cajas con artículos mágicos. Posee un centenar de barajas de naipes con las que practica y practica antes y después de cada número.

    La semana pasada hizo su tercera actuación en público. Luna, Iris, Alba, Padme, su novio y yo, estuvimos presentes (a Alba y a Padme, como siempre te digo, ya tendrás tiempo de conocerlas). Imposible estar todas porque necesitaríamos un estadio. No quiero decirte cuántas hijas tengo porque te caerías de espaldas y ya no podrías continuar mi historia, pero muchas, lector/ara.

    Un montón.

    Nala, en vez de perder la ilusión, la reparte allá por donde va.

    Mamá te quiere mucho, mi vida. Forma parte de una magia sin truco.



Dedicado con cariño a todas las mujeres de piel oscura.



Jezabel Losada